

Por Valentín Ciriaco Vargas
En 780 segundos, Benito Antonio Martínez Ocasio condensó siglos de historia. Cada símbolo era una palabra. Cada baile, una declaración. Fue una hazaña técnica —producción de clase mundial con más de 200 bailarines, efectos visuales espectaculares—, pero siempre al servicio del mensaje político. Construyó metáforas de orden natural, de predestinación histórica, del viaje a través del cual cada hombre puede hallarse a sí mismo.
El impacto fue inmediato y global. En México, el bar donde se veía el partido estalló en aplausos cuando Benito nombró al país. Una maestra mexicana de 51 años, Laura Gilda Mejía, declaró: «Con todo lo que está pasando políticamente en Estados Unidos y toda la hostilidad hacia los latinos… ver a un latino salir y cantar en español en el show más grande del mundo fue increíble». Una chilena-ecuatoriana en Montreal lloró al final del show: «Nuestros hermanos inmigrantes pasan por el infierno para llegar a Estados Unidos. Se sintió bien ser celebrados por una vez».
Las reacciones conservadoras confirmaron que el mensaje llegó. El presidente Trump lo llamó «el peor show de la historia». Sectores conservadores organizaron un «All-American Halftime Show» alternativo como protesta. California, que ya en 2023 había declarado oficialmente el «Día de Bad Bunny», encontró en esta actuación la confirmación de un liderazgo cultural que trasciende fronteras. La provocación fue controlada pero contundente: suficientemente clara para ser entendida, suficientemente sutil para no ser censurada, suficientemente poderosa para ser inolvidable.
Y aquí está la gran lección: Puerto Rico es una potencia cultural sin Estado. Ciento veinticinco años de colonialismo estadounidense, nunca ha conocido la independencia, y aun así mantiene una identidad cultural inquebrantable. El artista más escuchado del mundo en Spotify nació en la colonia más antigua de Estados Unidos. La colonización del territorio no implica la colonización del alma.
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