

Por Leonardo Cabrera Díaz
Ya no voy a mil por hora, ni me salto los «ceda el paso».
El motor de mi pecho, que antes rugía con la fuerza de una patana, ahora suena distinto… más pausado, más atento a los ruidos del alma.
Entendí que el olvido no es una meta de llegada, sino una carretera de circunvalación.
Tuve que pararme en el arcén, encender las luces de emergencia y revisar los daños que dejó aquel choque frontal contra tu sonrisa.
Me dolió ver el parachoques de mi orgullo destrozado y el cristal de mi confianza astillado por el impacto del desdén de tu mirada.
Pero en medio de la soledad de la vía, entendí algo:
El «carajo a la vela» que te lleva de la mano no ganó la partida por ser mejor piloto, sino porque bloqueaste el camino con un aviso que decía:
“Prohibido el paso, acceso restringido”.
He puesto los triángulos de seguridad alrededor de mis recuerdos para proteger mi corazón.
Estoy cambiando las llantas del pasado por unas «todo terreno», porque ahora me toca subir la cuesta de la aceptación y necesito un buen agarre para no deslizarme.
No voy de reversa, eso fue un impulso del momento; he puesto la primera marcha con cuidado.
Ya no busco el olvido como un fugitivo, ahora busco la paz como un viajero que aprendió la lección:
“Quien corre por quien no lo espera, termina sin frenos y con el alma en el taller”.
Con Dios al volante, esta vez por la vía correcta, el amor que me quiera me pedirá parada y subirá conmigo en el trayecto.
Con ese amor iré de la mano, esperando que no solo sea mi copiloto, sino mi compañera de viaje por esta ruta; la ruta del desvío.
Esta vez, por precaución, mantendré las luces intermitentes y estaré atento a las señales para no pagar más multas por infracciones del corazón.
Con Dios siempre, a sus pies.
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