Occidente, Irán y la democracia selectiva

Occidente, Irán y la democracia selectiva ¿protestas legítimas o el guion de un «segundo Venezuela»?
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Iscander Santana
Zürich, Suiza
Occidente tiene un talento peculiar para exportar democracia con la misma pasión con la que importa petróleo. Y, curiosamente, nunca confunde los destinos. A los países que considera «problemáticos» les envía discursos sobre libertad; a los que le garantizan energía barata, armas y contratos millonarios, les envía alfombras rojas. Arabia Saudita, por ejemplo, puede decapitar opositores, encarcelar mujeres por conducir y bombardear Yemen causando una de las peores crisis humanitarias contemporáneas sin que nadie en Washington o Bruselas pierda el sueño.
Pero Irán es otra historia. Cuando las protestas estallan en Teherán, de pronto la democracia vuelve a ser urgente, la libertad impostergable, los derechos humanos sagrados, y el cambio de régimen una «aspiración legítima del pueblo iraní». Qué casualidad.
La doble moral como brújula geopolítica
No es que Occidente no crea en la democracia. Es que la democracia, para Occidente, funciona como un interruptor que se enciende cuando conviene y se apaga cuando molesta. Arabia Saudita, Qatar o Emiratos Árabes Unidos pueden ser monarquías absolutas sin elecciones, partidos políticos ni prensa libre, sin que nadie hable de «cambio de régimen». Pero Irán, enemigo histórico de Washington desde 1979, aliado estratégico de Rusia, actor incómodo en Oriente Medio que desafía la hegemonía israelí, recibe un escrutinio quirúrgico constante.
Y cuando la calle iraní se enciende por razones genuinamente internas, los discursos occidentales se vuelven súbitamente poéticos sobre autodeterminación y libertad. La pregunta es inevitable: ¿defienden la libertad o defienden sus intereses estratégicos mediante la retórica de la libertad?
Irán como «segundo Venezuela»: el patrón que se repite
La narrativa es inquietantemente familiar para quien observe con memoria histórica. Primero, protestas legítimas por causas internas reales como represión, crisis económica o corrupción. Luego, amplificación mediática internacional desproporcionada comparada con protestas similares en países aliados. Después, declaraciones de líderes occidentales «apoyando al pueblo» mientras sancionan económicamente al país agravando la crisis que genera las protestas. Finalmente, la aparición de un «líder alternativo» en el exilio, presentado como la solución democrática mágica.
¿Te suena? A Venezuela le pasó lo mismo con Juan Guaidó, proclamado presidente por Washington sin haber ganado elecciones presidenciales. A Ucrania también, con el cambio de régimen de 2014 que Occidente respaldó activamente. A Irán ya le pasó en 1953, cuando la CIA y el MI6 británico derrocaron al primer ministro democráticamente electo Mohammad Mossadegh en nombre de la libertad y del control del petróleo iraní que había nacionalizado.
Hoy, Reza Pahlavi, hijo del Sha Mohammad Reza Pahlavi impuesto por Occidente tras el golpe de 1953 y derrocado en 1979, vuelve a aparecer en titulares como «posible alternativa democrática». Qué conveniente que el heredero de una monarquía autoritaria respaldada por Washington durante décadas sea ahora presentado como opción democrática. Qué oportuno. Qué sospechoso.
Protestas genuinas pero aprovechadas
El descontento iraní es real y documentado. La represión del régimen de los ayatolás es real, con restricciones severas a libertades individuales y políticas. La crisis económica agravada por sanciones occidentales es real, afectando desproporcionadamente a la población civil. La rabia es iraní, no importada, producto de décadas de autoritarismo teocrático y corrupción.
Pero sería ingenuo pensar que, en pleno tablero geopolítico, las potencias occidentales se limitan a observar pasivamente cuando un régimen enemigo enfrenta protestas internas. Especialmente cuando Irán es aliado estratégico de Rusia que le proporciona drones para la guerra en Ucrania, obstáculo principal para la hegemonía israelí en Oriente Medio, y actor clave en mercados energéticos globales con las cuartas mayores reservas de petróleo del planeta.
La historia reciente muestra un patrón documentado. Cuando un aliado de Moscú se tambalea por protestas internas, Occidente no pierde la oportunidad de empujar mediante apoyo financiero a oposiciones, amplificación mediática, sanciones económicas y presión diplomática. Georgia 2003, Ucrania 2004 y 2014, Venezuela desde 2017, Siria desde 2011. ¿Y ahora Irán?
La pregunta incómoda que Occidente evita
No se trata de negar la legitimidad de las protestas iraníes ni de defender un régimen teocrático autoritario que reprime sistemáticamente a su población. Se trata de reconocer que la democracia occidental es selectiva, que la indignación moral es estratégica, y que los pueblos que se levantan no siempre controlan quién se sube a su ola ni qué agenda termina imponiéndose.
Irán podría estar viviendo un momento histórico genuino de transformación interna. Pero también podría estar entrando en el guion ya conocido, el de un país con problemas reales convertido en tablero de ajedrez por potencias que hablan de libertad mientras negocian armas con dictaduras amigas y respetan monarquías absolutas que compran su silencio mediante contratos petroleros y de defensa.
Entre la dignidad del pueblo y la geopolítica del poder
Las protestas iraníes merecen respeto. El pueblo iraní merece libertad genuina, no la que Washington defina como conveniente a sus intereses. Pero Occidente merece una pregunta que nunca quiere escuchar honestamente: ¿por qué la democracia solo es urgente cuando el régimen a derrocar es enemigo, y nunca cuando es aliado? ¿Por qué Arabia Saudita puede decapitar 81 personas en un solo día sin perder el estatus de «socio estratégico», mientras Irán es constantemente señalado como amenaza a los valores occidentales?
Hasta que esa pregunta no tenga respuesta coherente, toda revolución en un país estratégicamente posicionado seguirá oliendo a algo más que justicia popular espontánea. Olerá a intereses petroleros, a cálculos geopolíticos, a manos invisibles que empujan procesos que otros pueblos inician. Olerá a un guion repetido donde la libertad se proclama pero los intereses se persiguen.
Y sí, quizá Irán esté viviendo su propio «segundo Venezuela», no porque el pueblo iraní lo quiera sino porque las potencias occidentales lo necesitan para debilitar a Rusia, aislar a China y consolidar control sobre recursos energéticos. La tragedia es que, al final, quienes pagan el precio de estas «revoluciones democráticas» patrocinadas no son los estrategas en Washington sino los pueblos atrapados en guerras civiles, invasiones humanitarias y caos prolongado que convierte la promesa de libertad en pesadilla de violencia.
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