La estabilidad que se fue: ¿puede la oposición convertir la nostalgia en votos?
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Por Iscander Santana
Zürich, Suiza
República Dominicana se encamina a las presidenciales de 2028 con una mezcla de cansancio, incertidumbre y nostalgia. Muchos dominicanos miran el presente con preocupación pero miran el pasado reciente con memoria selectiva que rescata los años de estabilidad, crecimiento y obra pública que marcaron los gobiernos del PLD, especialmente bajo Danilo Medina.
Hoy se habla de una posible alianza entre Fuerza del Pueblo y el Partido de la Liberación Dominicana frente a un PRM que, aunque sigue en el poder, muestra signos claros de desgaste. La pregunta de fondo no es solo si esa alianza puede ganar, sino si es capaz de canalizar la añoranza ciudadana hacia un proyecto renovado de gobierno.
Un oficialismo con números pero sin entusiasmo
Las encuestas coinciden en un dato clave: el gobierno de Luis Abinader ya no despierta el entusiasmo de 2020. Una mayoría relativa muestra desaprobación hacia su gestión, y temas como el alto costo de la vida, la inseguridad, los apagones y la percepción de improvisación pesan cada vez más.
Sin embargo, el PRM sigue apareciendo como primera fuerza en torno a un tercio del electorado, gracias a su posición de gobierno, al control de recursos y a la ausencia de una candidatura unitaria de la oposición. No es ventaja cómoda sino inercia de quien ocupa el poder cuando muchos no ven una alternativa clara.
La nostalgia como dato político
Hay algo que el debate público subestima: la memoria afectiva del pueblo dominicano. Más allá de críticas y errores, una parte significativa de la población asocia los gobiernos del PLD con estabilidad macroeconómica, expansión visible de infraestructura y programas sociales que llegaban al barrio y al campo.
No es casual que se escuche con frecuencia: «Con el PLD había problemas, pero se sentía más estabilidad». Esa melancolía no es romanticismo sino un activo político acumulado que contrasta con la sensación actual de incertidumbre y crisis prolongada.
El reto para el PLD es transformar esa nostalgia en una propuesta creíble de «buen gobierno 2.0»: aprender de lo vivido, corregir errores y reivindicar sin complejos la capacidad probada de gestionar el Estado con resultados concretos.
¿Alianza o reencuentro con la continuidad?
La relación entre Fuerza del Pueblo y PLD tiene un componente emocional complejo: ruptura, competencia, heridas y, al mismo tiempo, un tronco común de cultura política y visión desarrollista. Muchos cuadros que hoy militan en FP fueron protagonistas de los mejores momentos peledeístas, y no pocos dominicanos perciben esa fragmentación como división «de familia» más que como diferencia ideológica.
Una alianza FP-PLD de cara a 2028 no sería solo suma de siglas sino la posibilidad de recomponer cierto orden político que se rompió. El mensaje podría ser potente: «superamos diferencias internas para devolverle al país estabilidad, crecimiento y seguridad».
Pero no puede limitarse a reconciliación entre élites. Requiere reconocer sin miedo el cansancio acumulado al final del ciclo morado, presentar rostros renovados que dialoguen con la juventud y la diáspora, y articular agenda concreta en empleo digno, crisis de Haití, seguridad ciudadana, energía y transparencia.
Si FP y PLD logran convertir la nostalgia en un compromiso de mejora, podrían conectar con una mayoría silenciosa que no se identifica ni con el triunfalismo del gobierno ni con el antisistema.
La experiencia en política exterior pesa
República Dominicana se mueve entre la presión de Estados Unidos, las oportunidades que ofrece China y el desafío del colapso haitiano. En estos tres frentes, la experiencia acumulada por el PLD y muchos actores que hoy están en FP es un valor añadido.
Los años recientes demostraron que improvisar en política exterior tiene un costo: mensajes contradictorios sobre Haití, dudas frente a Pekín, tensiones evitables con socios tradicionales. La memoria de una política exterior más profesional y coherente durante los gobiernos del PLD vuelve a aparecer en el debate, aunque a veces en voz baja.
Un proyecto opositor que recupere defensa firme del interés nacional, diversificación de alianzas y uso inteligente de la relación con China puede ofrecer algo que el gobierno actual no ha consolidado: la sensación de que el país tiene rumbo claro en el tablero internacional.
La historia que debe contarse
2028 no será una elección de mayorías automáticas. El PRM llega con el peso de la gestión y una base fuerte pero erosionada. La oposición, si se mantiene fragmentada, corre el riesgo de repetir 2024. Pero si encuentra la fórmula de unidad, puede convertir la nostalgia por los años de estabilidad en impulso hacia un nuevo ciclo.
La clave está en cómo se cuente la historia. Si el PLD se limita a defender el pasado, perderá a una generación que quiere mirar hacia adelante. Si reconoce con madurez las luces y sombras de su historia y se presenta como fuerza capaz de combinar experiencia y renovación, esa melancolía por los «buenos gobiernos» puede transformarse en decisión consciente de cambio.
Más que preguntarse si la alianza FP-PLD conviene a uno u otro liderazgo, habría que preguntarse si le conviene al país reencontrarse con una tradición de gobierno que demostró que República Dominicana puede crecer, invertir, incluir y mejorar la vida cotidiana de la gente. Y, sobre todo, si esa tradición está dispuesta a reinventarse para responder a los desafíos de un mundo más duro y exigente.
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