Cuando el miedo se acerca a las escuelas: una línea que Estados Unidos no debe cruzar

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Santiago Paniagua
Hay momentos en la historia de una nación en los que no basta con guardar silencio ni observar desde la distancia. Hay momentos en los que la conciencia colectiva debe hablar con claridad. Este es uno de ellos.
Las recientes denuncias y cuestionamientos en el Congreso de Estados Unidos sobre operaciones migratorias en las cercanías de escuelas han abierto un debate que va mucho más allá de la política partidista. No se trata de demócratas o republicanos. No se trata de ideología. Se trata de algo más profundo: la protección de los niños y la dignidad humana.
Las escuelas deben ser uno de los pocos lugares sagrados que quedan en una sociedad moderna. Allí los niños aprenden a leer, a pensar, a convivir y a imaginar el futuro. Son espacios que deben estar protegidos del miedo, de la violencia y de cualquier forma de persecución.
Convertir las cercanías de una escuela en un escenario de operaciones migratorias —o permitir siquiera que esa percepción exista— es cruzar una línea moral que ningún gobierno debería considerar aceptable.
Porque cuando un niño comienza a preguntarse si su padre o su madre podrían desaparecer en el camino hacia la escuela, ese niño deja de pensar en sus estudios y comienza a pensar en sobrevivir emocionalmente al miedo.
Ese no es el país que Estados Unidos ha aspirado a ser.
Estados Unidos es una nación construida por inmigrantes. No es una frase retórica; es un hecho histórico. Desde los primeros trabajadores que levantaron las vías del ferrocarril hasta los millones de personas que hoy mantienen funcionando hospitales, restaurantes, granjas, fábricas y obras de construcción, la historia económica del país está profundamente entrelazada con el trabajo inmigrante.
Los inmigrantes no vinieron a arrebatar oportunidades. Vinieron a buscarlas.
Y en el proceso han hecho posible que muchas industrias sigan funcionando. Han realizado trabajos que otros no quieren hacer. Han levantado negocios. Han pagado impuestos. Han contribuido con su esfuerzo silencioso al progreso del país.
La agricultura estadounidense depende en gran medida del trabajo inmigrante.
La construcción depende en gran medida del trabajo inmigrante.
El sector de servicios depende en gran medida del trabajo inmigrante.
Y sin embargo, demasiadas veces el discurso político intenta convertir al inmigrante en un enemigo conveniente.
Pero detrás de cada inmigrante hay una historia humana: padres que trabajan largas jornadas, madres que luchan por educar a sus hijos, familias que llegaron buscando seguridad, estabilidad y dignidad.
Cuando el poder político utiliza el miedo como herramienta, no está resolviendo problemas. Está creando heridas sociales profundas.
La seguridad nacional es importante. El cumplimiento de la ley también lo es. Pero ninguna política pública puede justificar que los niños vivan con temor de ir a la escuela o que las comunidades educativas se conviertan en escenarios de tensión y angustia.
Las democracias se miden no por la dureza de sus políticas, sino por la humanidad con la que aplican la ley.
Estados Unidos ha sido grande precisamente porque supo equilibrar la ley con la compasión, la seguridad con la dignidad y el orden con la justicia.
La línea que separa una nación fuerte de una nación que pierde su rumbo moral es muy clara: cómo trata a los más vulnerables.
Y entre los más vulnerables de todos están los niños.
Si una sociedad permite que el miedo entre por la puerta de una escuela, está enviando un mensaje devastador a la próxima generación: que la política vale más que la humanidad.
Estados Unidos merece algo mejor que eso.
Y los niños —sin importar de dónde vengan sus padres— merecen crecer sin miedo.

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