

El 8 de marzo no nació ayer. Nació en 1908, cuando 129 mujeres murieron calcinadas en una fábrica textil de Nueva York porque exigían lo mínimo: jornada digna, salario igualitario, condiciones humanas. La respuesta fue el fuego. Clara Zetkin propuso en 1910 que esa fecha fuera memoria mundial. Desde 1975, la ONU la oficializó.
Pero la historia no terminó en 1844, ni en 1908, ni en 1975. Cuando la dictadura de Trujillo quiso apagar la dignidad, aparecieron Las Mariposas. Minerva, Patria y María Teresa Mirabal desafiaron al tirano sabiendo que la libertad no se negocia. Las asesinaron el 25 de noviembre de 1960. Sus alas siguen abiertas, clavadas en la memoria del mundo.
El 9 de febrero de 1966, Amelia Ricart Calventi tenía 14 años. Marchaba exigiendo presupuesto para la UASD cuando las balas la alcanzaron. Las balas no preguntan edad.
El poeta Mateo Morrison le escribió después: “También niñas portadoras de inocencia / han caído junto a libros salpicados.”
Y está Mamá Tingó — Florinda Muñoz Soriano —, campesina y luchadora, asesinada el 3 de noviembre de 1974 por defender que la tierra es para quien la trabaja. Puente. Resistencia. Memoria viva.
Todas ellas sostienen un hilo que no se ha roto. No hay un solo 8 de marzo que no las nombre, aunque la historia oficial a veces las silencie.
II. El 8 de Marzo: trinchera, flor y grito
Hoy no es solo un día. Es una trinchera, una flor y un grito.
Mientras haya una mujer a quien le paguen menos, a quien le crean menos, a quien le permitan menos — la lucha no termina.
Desalambrar no es opcional. Es urgente.
A las que marcharon antes, gracias.
A las que marchan hoy, fuerza.
A las que todavía no pueden marchar… las esperamos del otro lado del alambre.
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