Los límites a la presión y la paz entre EEUU e Irán

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por Oscar Guedez
El inicio de un bloqueo marítimo de EEUU contra Irán marca un nuevo punto de inflexión en una crisis que viene escalando peligrosamente, a través de una nueva apuesta de Washington por la presión máxima como herramienta para intentar forzar concesiones estratégicas de Teherán.
El bloqueo es un mecanismo de presión que ha dado resultados a lo largo de la historia, por tanto, en esta ocasión seguro tendrá efectos sobre Irán. Pero la verdadera incógnita en este momento es saber si esa presión será suficiente y/o adecuada para lograr los objetivos estadounidenses: la renuncia al programa nuclear, el desmantelamiento de la capacidad misilística y el rediseño de su comportamiento regional.
INSUFICIENTE
Un bloqueo marítimo tiene efectos innegables, porque más del 20% del PIB iraní depende de sus exportaciones de petróleo y gas, así que cualquier interrupción de ese flujo impacta en sus ingresos. En el contexto actual de precios elevados del crudo, la pérdida diaria puede ascender a cientos de millones de dólares, por lo que sí, es una presión económica real.
Sin embargo, la arquitectura económica y geopolítica de Irán ha sido diseñada para resistir este tipo de escenarios, y tras décadas de sanciones, el gobierno ha desarrollado redes comerciales alternativas que reducen su vulnerabilidad frente a medidas unilaterales.
China, principal comprador de su petróleo, no tiene incentivos para alinearse con Washington, por el contrario, mantiene su alianza económica y geoestratégica con Irán, un país fundamental en su proyecto de la Ruta de la Seda en Asia Central y Medio Oriente.
Rusia, que sufre sanciones económicas similares a las de Irán, comparte con el país persa intereses económicos y geopolíticos, así como mecanismos de evasión del sistema financiero internacional controlado por Washington.
Mientras que países como Turquía, Pakistán o Irak tienen fronteras terrestres con el territorio iraní y mantienen canales comerciales activos que escapan al control marítimo anunciado por Estados Unidos. Otros de sus principales socios comerciales como China, India, Azerbaiyán y Armenia tienen acceso al territorio iraní por vía terrestre.
Además, Rusia, Kazajistán y Turkmenistán tiene acceso al norte de Irán a través del Mar Caspio, donde EE.UU. no está intentando bloquearle. Es decir, que el bloqueo marítimo puede afectar la economía iraní, pero difícilmente logre paralizarla.
PRESIÓN ≠ CONTROL
El bloqueo naval intenta asfixiar económicamente a Irán y obligarle a ceder en los temas que considera existenciales, pero hay que entender que el programa nuclear no es una carta negociable más, sino que desde la perspectiva iraní se trata de un elemento de orgullo nacional y una palanca industrial para el desarrollo económico.
Para los sectores más radicalizados de un país cuyo liderazgo funciona por una serie de equilibrios internos fragmentados, se trata de un elemento de supervivencia.
Por tanto, renunciar a su programa nuclear podría mostrar una debilidad estratégica frente a sus adversarios más enconados, especialmente EE.UU. e Israel que insisten en su disposición al uso de la fuerza.
Por si fuera poco, el programa nuclear también es la manzana de la discordia que mantiene al ambicioso gobierno iraní en constante negociación con los mayores poderes militares y diplomáticos del mundo, en los que tiene la capacidad de influir y con lo que puede, gracias a su agudeza y maestría diplomática, sacar ventaja estratégica.
Su programa de misiles y drones es el elemento clave de su doctrina de disuasión militar asimétrica, ese que Washington y Tel Aviv menospreciaron y tanto han sufrido tanto en la guerra de los 12 días (junio 2025) como en el actual conflicto.
En ese contexto, el bloqueo no cambia el cálculo central iraní: resistir le resulta mejor que ceder, opción que parece estar completamente descartada.
ORMUZ CONTROLADO
El bloqueo naval a los puertos de Irán no le impide controlar el estratégico estrecho de Ormuz, sino que la acción estadounidense forma parte de una nueva dimensión del conflicto.
De hecho, Irán mantiene su presencia militar consolidada en el Golfo Pérsico y en el estrecho, aun puede minar las aguas, hostigar y destruir los buques que intenten cruzarlo, y sigue siendo capaz de cerrar, cuando guste, la vía por donde transita el 20% del petróleo mundial.
En los hechos, el bloqueo naval estadounidense se convierte en arma de doble filo, pues si su objetivo es presionar a Irán y lo consigue, el resultado más probable puede ser exactamente el contrario: que Teherán endurezca su postura e intensifique su principal acción geopolítica, causando daños económicos en la región y el mundo, incluido Estados Unidos, donde el precio de gasolina ya ronda los 4 dólares por galón.
SIN LEGITIMIDAD
Pese a que la Administración del presidente Donald Trump ha sido consistente en su menosprecio al orden jurídico internacional, es evidente que imponer un bloqueo naval es otra acción que no cuenta con respaldo internacional.
Sin una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, donde China y Rusia seguramente vetarían la iniciativa, la medida se convierte en una acción unilateral que responde más a intereses nacionales que a un consenso global.
Porque es obvio que China y Rusia no avalarán una iniciativa que fortalece el poder coercitivo de EE.UU., Europa, aunque sigue alineada en muchos aspectos con Washington, ya se colocó de espaldas a esta guerra y, además, sufre en sus carnes el costo económico de la actual escalada energética.
De hecho, es seguro que Beijing seguirá comerciando con Irán por vía terrestre, aérea y marítima sin que EE.UU. pueda hacer nada para impedirlo, mientras Irán presione a países Corea del Sur, Japón y otros compradores de crudo del Golfo para que acepten pagarle aranceles en Ormuz y se mantengan, por tanto, los altos precios de los hidrocarburos en todo el mundo.
DEMANDAS IMPOSIBLES
El núcleo del conflicto radica en las posiciones irreconciliables entre Washington y Teherán que, al menos en su forma actual, parecen imposibles de resolverse si no hay una voluntad mutua de hallar una salida real.
Estados Unidos exige a Irán:
- La renuncia total a su programa nuclear, pero Teherán ya lo hizo antes, en 2015, para luego ver a Donald Trump abandonar el acuerdo en 2018.
- La eliminación de su programa de misiles balísticos y drones, ese que Irán considera vital para su autodefensa en un escenario cada vez más hostil.
- El fin de su apoyo a actores no estatales en la región, elemento que puede ser visto por Teherán como un seguro de vida para un futuro regional cada vez más incierto.
- La garantía plena de navegación en el estrecho de Ormuz, elemento que podría ser negociable, pero que, para lograrlo, Washington necesita ganarse la confianza iraní.
Irán, por su parte, plantea demandas que Washington difícilmente aceptará:
- El levantamiento completo de las sanciones económicas, una condición que estaría atada a las demandas estadounidenses sobre el programa nuclear y el de misiles y drones.
- Garantías de no agresión y respeto a su soberanía, que para lograrlo y que sea aceptable para Irán, debería ir acompañado por elementos poco claros, pues no bastaría con una resolución del Consejo de Seguridad si Washington sigue desconociendo el orden jurídico internacional.
- El reconocimiento de su derecho a desarrollar energía nuclear con fines pacíficos, justamente lo que EE.UU. e Israel intentan evitar a toda costa.
- La aceptación de su rol como potencia regional, otra aspiración que Washington y Tel Aviv intentan frenar con la guerra.
- Reparación económica por los daños causados por la guerra, lo que sería una aceptación de derrota para Israel y EEUU.
Ambas agendas, por tanto, son maximalistas, y sabemos que las posiciones absolutas son el camino más corto hacia el conflicto.
COSTO GLOBAL
En este conflicto lo que está en juego es la estabilidad del sistema energético global, por lo que un bloqueo sostenido, combinado con una eventual respuesta iraní en Ormuz, podría disparar nuevamente los precios del petróleo y el gas, justo cuando empiezan a llegar a los puertos del mundo los cargamentos de crudo que fueron comprados antes del inicio del conflicto.
Otra vez, los precios a los que pueden llegar los combustibles tendrían fuerte impacto en las economías más dependientes de las importaciones energéticas, incluida la de República Dominicana.
Y no olvidemos que el costo de los combustibles incide en toda la estructura económica, causando inflación, presión fiscal, desaceleración del crecimiento y mayor gasto público.
Incluso Estados Unidos, a pesar de su alta producción energética, es vulnerable a los efectos de esta crisis, y el alza de precios internos tiene costos políticos y económicos que pueden volverse en contra de la propia estrategia de presión.
Es el dilema clásico de las sanciones y bloqueos: lo que debilita al adversario también puede debilitar al que las impone.
¿HAY UNA SALIDA?
La historia reciente demuestra que los acuerdos con Irán son posibles, pero requieren reconocer una realidad incómoda: ninguna de las partes obtendrá todo lo que quiere.
La ex vicepresidenta de la Comisión Europea y ex representante de la UE para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, explica en un reciente artículo que las negociaciones con Irán respecto a su programa nuclear requieren de conocimiento técnico y político-cultural sobre la nación persa que la delegación compuesta por J.D. Vance, Jared Kushner y Steve Witkoff están muy lejos de poseer.
Además, requieren de tiempo y paciencia para lograr concesiones reales a través de la confianza, una confianza que la Casa Blanca no ha intentado construir, pues en dos ocasiones han atacado a Irán en medio de las conversaciones, dañando profundamente la posibilidad de avanzar en algún acuerdo.
Y Mogherini habla desde la más fructífera de las experiencias, pues fue una de las principales artífices del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés), el acuerdo firmado en 2015 por EE.UU., la Unión Europea, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania con Irán, para limitar el programa nuclear iraní, un acuerdo que marchaba bastante bien y que Teherán estaba cumpliendo aún después de que el presidente Trump, en su primer mandato, lo abandonó unilateralmente.
Para ser viable, toda negociación deberá finalizar en puntos intermedios, que, en un caso hipotético, podría llevar a un acuerdo que limite de manera verificable el programa nuclear iraní, sin exigir su eliminación total.
En el mejor de los casos, EE.UU. podría lograr que se impongan controles al desarrollo de misiles iraníes, en lugar de su desmantelamiento absoluto, pero para avanzar en ambos frentes, debería acordar un alivio progresivo, creíble y efectivo de las sanciones y tendría que promover mecanismos multilaterales que garanticen la seguridad para el territorio iraní y en el estrecho de Ormuz, para lo que tendría que tener apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU, lo cual tampoco parece viable en la realidad.
Un acuerdo así no sería una victoria total para nadie, pero reduciría significativamente del riesgo global.
ALTO RIESGO
Por tanto, el bloqueo marítimo contra Irán, más allá de ser una herramienta de presión, parece una apuesta de alto riesgo en un tablero donde los márgenes de error son cada vez más estrechos, ya que podría debilitar parcialmente a Teherán, pero difícilmente lo obligará a ceder en sus líneas rojas y, por el contrario, podría radicalizar sus posturas.
Es evidente que el presidente Donald Trump intenta reforzar su imagen de firmeza, pero en este conflicto está aislándose cada vez más de sus propios aliados y está afectando el sistema económico y político internacional.
Y ya ha quedado bastante claro que Irán, aún bajo fuego constante sobre sus ciudades, no está dispuesto a ceder ante las presiones estadounidenses y tiene toda la disposición de responder militarmente a cualquier ataque, desatando una escalada que, como ha sucedido en las últimas semanas, nadie controla completamente.
Ambos países están sufriendo daño económico y necesitan terminar el conflicto, pero para Irán, esta es una guerra existencial que ha consolidado la unidad nacional en defensa de su civilización. Para Trump, parece una cuestión de orgullo personal, mientras su país está cada vez más dividido en torno a la guerra y el apoyo popular es cada vez menor, con las elecciones de medio término a la vuelta de unos meses y la posibilidad de un impeachment en la agenda de los demócratas, y ya no sólo es su idea.
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