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Pegasus, Marruecos y España: la frontera invisible

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Iscánder Santana
Zürich, Suiza

La sospecha que no desaparece

Pegasus no fue solo un escándalo técnico. Fue una advertencia política. Cuando la vigilancia digital entra en la ecuación, la diplomacia deja de ser un asunto de notas oficiales y pasa a ser una forma de presión encubierta. En España, el caso abrió una grieta de confianza con Israel que todavía no se ha cerrado del todo.

Israel y España, una relación erosionada

La distancia entre Madrid y Tel Aviv se ha ampliado por Gaza, por el lenguaje político y por la percepción de que España se ha desmarcado de la línea israelí. Ese choque no implica necesariamente ruptura, pero sí algo más peligroso: la sustitución de la confianza por el cálculo. Y cuando la relación se vuelve instrumental, cualquier alianza regional puede adquirir un valor estratégico distinto.

Marruecos como pieza clave

Marruecos no es un actor menor en este tablero. Tiene vínculos estrechos con Estados Unidos, cooperación creciente con Israel y una agenda permanente sobre el Sáhara Occidental, Ceuta, Melilla y el espacio marítimo. No necesita una guerra abierta para ejercer presión; le basta con sostener la ambigüedad, reforzar capacidades y mantener vivo el recordatorio de que sus reclamaciones no han desaparecido.

Perejil, pesca y soberanía

El precedente de Perejil demuestra que una crisis aparentemente menor puede escalar con rapidez cuando hay símbolos de soberanía en juego. A eso se suman los conflictos por la pesca, las tensiones en torno a los peñones y la persistente disputa sobre Ceuta y Melilla. Son fricciones distintas, pero forman un mismo campo de presión sobre España en el norte de África y el Mediterráneo occidental.

¿Apoyo indirecto o proxy?

Hablar de Marruecos como proxy de Israel o de Estados Unidos sería excesivo si se entiende en sentido estricto. Pero sí es razonable hablar de «alineamientos útiles». Israel podría no necesitar respaldar una agresión militar marroquí contra España para alterar el equilibrio; le bastaría con cooperación tecnológica, inteligencia, respaldo diplomático o transferencia de capacidades. Eso no sería una guerra por delegación clásica, pero sí una forma de influencia estratégica.

El riesgo real

El riesgo más plausible no es una invasión, sino una escalada híbrida: ciberpresión, espionaje, guerra de narrativas, uso táctico de la diplomacia y demostraciones de fuerza en áreas grises. En ese escenario, la frontera entre protección de intereses y desestabilización se vuelve difusa.

Una hipótesis incómoda

Si algunos textos anteriores ya insinuaban que la relación Israel–Marruecos podía tener efectos sobre España, hoy la hipótesis merece más atención, no menos. No porque una guerra sea inminente, sino porque el contexto regional premia la coerción silenciosa y castiga la ingenuidad estratégica. En un Mediterráneo tenso, las alianzas no siempre se traducen en tratados; a veces se traducen en presiones.

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