

Por Milton Olivo
Había una vez un hombre que caminaba con la idea de que el amor era una forma de pertenencia.
No lo pensaba todo el tiempo, pero lo sentía en silencio. Creía que cuando alguien entra en la vida de otro, le pertenece un poco. Y que cuando esa persona decide irse, no solo se va el amor, también se rompe algo que no debería romperse.
El hombre no era un monstruo. Un día, la mujer que compartía su vida le dijo que quería irse. No lo hizo con odio. No lo hizo con violencia. Lo hizo con la voz firme de quien ya ha recorrido un camino interno antes de pronunciarlo.
En ese instante, el mundo del hombre se estrechó. No porque el mundo hubiera cambiado, sino porque su forma de mirarlo se quebró.
Sintió que el suelo perdía estabilidad, que el futuro se cerraba, que el amor se convertía en ausencia insoportable. Y en ese vacío emocional apareció una idea peligrosa: la idea de que el dolor podía resolverse con un acto definitivo.
Pero lo que él no sabía —o había olvidado— es que el dolor no siempre es enemigo. A veces es maestro. Y sobre todo, que ninguna emoción es eterna si se le permite pasar.
Esa noche, el hombre caminó dentro de sí mismo como quien se pierde en un bosque oscuro. Había voces en su interior. Una voz le decía: «Detente. Esto no es el final, es un cambio. Respira. Busca ayuda. Habla con alguien. El dolor no te manda.»
Pero otra voz, más ruidosa y confusa, le respondía: «No puedes permitir esto. No puedes perder. Haz algo ahora. Termina con esto.»
Y entre esas dos voces, el hombre olvidó lo más importante: que la vida no es una propiedad que se pierde o se gana, sino un regalo que se cuida.
En algún punto de esa noche invisible, el hombre estuvo frente a un umbral. Uno de esos momentos silenciosos donde todo ser humano tiene una elección que no siempre reconoce como elección.
Ese umbral no era físico. Era interno. Y del otro lado no estaba la solución. Estaba el abismo. Pero antes del abismo, siempre existe un instante. Un segundo en el que aún es posible detenerse. Respirar. Porque la vida —aunque a veces el dolor lo oculte— es un don sagrado. No nos pertenece en sentido absoluto.
En ese mismo mundo, en otros hogares, hay hombres y mujeres que también sienten dolor, también enfrentan rupturas, también conocen la pérdida. La diferencia no está en el dolor, sino en lo que se hace con él.
Unos lo convierten en silencio, en búsqueda, en aprendizaje, en contención. Otros, cuando se pierden en sí mismos, confunden el dolor con permiso para destruir.
Pero la historia humana no está escrita solo en los actos extremos. También está escrita en los momentos en que alguien decidió detenerse a tiempo. Porque siempre existe la posibilidad de cambiar el final.
El hombre de esta historia pudo haber sido cualquiera. Y esa es precisamente la advertencia: no es una historia lejana, es una posibilidad humana. Por eso, este cuento no termina con una tragedia, sino con una conciencia.
La conciencia de que la vida es un regalo de Dios. Que ninguna emoción es más grande que el valor de una existencia. Y que el verdadero punto de fuerza no está en imponer, sino en detenerse cuando todo dentro de uno grita lo contrario.
Porque antes del abismo siempre hay un instante. Y en ese instante, aún es posible elegir la vida.
*El autor es escritor, autor de 5 libros, y formulador de propuestas de desarrollo nacional. Promueve una visión de futuro basada en empleo, producción, tecnología y sostenibilidad para construir una República Dominicana más próspera, segura y soberana; una Quisqueya potencia.
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