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El ego, la arrogancia, la soberbia y la prepotencia

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Becker Márquez Bautista

El ser humano atraviesa por diversas etapas en la vida; una de las más reveladoras es cuando alcanza la opulencia y el poder, ya sea a nivel económico o gubernamental, adquirido a través del tiempo. Es precisamente en esa cima donde se pone a prueba la verdadera grandeza del individuo, pues es ahí donde hay que saber manejar las emociones y el empuje que causa la adrenalina del poder.

Muchos de ustedes, amigos lectores, habrán tenido amistades en el pasado, verdaderos hermanos que les regaló la vida. Personas que, antes de adquirir riquezas o alcanzar un puesto público, te decían que estarían contigo hasta la muerte. Pero, de repente, llega ese momento fatal: se les nubla la mente, la corteza prefrontal se les bloquea y ya no recuerdan a nada ni a nadie de su pasado. Es ahí donde el ego empieza a hacer su efecto destructivo.

El ego, la arrogancia, la soberbia y la prepotencia actúan como un veneno silencioso que destruye al ser humano desde adentro hacia afuera. La principal consecuencia es el aislamiento absoluto y la pérdida de la empatía. Quien se deja dominar por estos males se rodea únicamente de aduladores temporales, alejando a quienes le decían la verdad con lealtad. A nivel psicológico y social, la soberbia crea una falsa ilusión de invulnerabilidad; el individuo se desconecta de la realidad creyendo que su posición es eterna. La gran tragedia de esta actitud es que, cuando el poder se desvanece o el dinero merma, el vacío emocional es insoportable, dejando a la persona sola, sin el respeto de sus pares y sin un refugio afectivo real.

Esta arrogancia los conduce a cometer graves errores de juicio. Aunque las consecuencias no se reflejen de inmediato, sin duda alguna la vida les pasará factura en el futuro. Quien ejerce el poder montado en la soberbia, o maneja su nueva riqueza acompañado de la prepotencia, es un candidato seguro a terminar sus días en la más absoluta ruina social.

Ante esta realidad, el mayor reto de todo individuo es tener la fortaleza para no dejarse arropar por estos males. Preservar la humildad debe ser un valor innegociable, ya que la soberbia y la altanería no aportan absolutamente nada positivo a la conducta humana y, evidentemente, solo logran fragmentar y dañar el sano desarrollo de nuestra sociedad.

Debemos recordar siempre una gran verdad: ser humilde no significa ser pobre. Ser leal a la amistad es un escudo que te blinda para los tiempos difíciles, y ser un hermano sin condiciones es lo que verdaderamente te mantendrá bendecido para toda la vida.

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