

Por. Danilo Feliz Medina
En la vida, todo necesita equilibrio para funcionar correctamente. El cuerpo necesita balance, la naturaleza necesita armonía y las sociedades necesitan instituciones capaces de controlarse unas a otras. Cuando el equilibrio desaparece, tarde o temprano aparecen los excesos. Y en una democracia, concentrar demasiado poder en unas solas manos puede convertirse en un riesgo para todos.
Los dominicanos tenemos una tradición política en la que, con frecuencia, otorgamos a un mismo partido el control de las principales instituciones del Estado, incluyendo ambas cámaras del Congreso. Esto puede parecer, a primera vista, una señal de estabilidad y gobernabilidad. Sin embargo, debemos preguntarnos algo más profundo: ¿qué ocurre cuando quien tiene todo el poder no tiene la sabiduría, la prudencia o el compromiso necesario para administrarlo en beneficio de la nación?
Un partido con control absoluto del Poder Legislativo posee una capacidad extraordinaria para aprobar leyes, modificar estructuras y tomar decisiones con pocos obstáculos institucionales. Si ese poder es ejercido con responsabilidad, transparencia y visión de Estado, puede contribuir al desarrollo nacional. Pero si se utiliza de manera abusiva o pensando primero en los intereses partidarios, las consecuencias pueden ser mucho más graves de lo que imaginamos.
Por eso, el equilibrio de fuerzas políticas dentro de las instituciones no debe entenderse necesariamente como un obstáculo para gobernar. También puede ser un mecanismo de protección democrática. Cuando las cámaras legislativas representan distintas fuerzas políticas, las propuestas están llamadas a ser discutidas, cuestionadas, modificadas y sometidas a mayores controles. El consenso se vuelve necesario y la negociación sustituye, en mayor medida, a la imposición.
Una democracia madura no debe depender de la bondad de quienes circunstancialmente ocupan el poder. Debe construir instituciones capaces de funcionar correctamente incluso cuando quienes las dirigen no sean los mejores. Esa es la verdadera fortaleza de un Estado.
El equilibrio político tampoco significa paralizar al país ni impedir que un gobierno cumpla su programa. Significa recordar que el poder público pertenece a la ciudadanía y que quienes reciben ese poder lo administran temporalmente en su nombre.
Como dominicanos, debemos aprender a mirar la política más allá de los colores partidarios. No se trata de entregar un cheque en blanco a un partido porque simpatizamos con él, ni de impedirle gobernar simplemente porque pensamos diferente. Se trata de comprender que ningún partido, ningún líder y ninguna generación deben tener más poder que las instituciones que sostienen la República.
El verdadero patriotismo no consiste en darles todo el poder a los nuestros. Consiste en construir un país donde nadie tenga suficiente poder para hacer lo que quiera, pero todos tengan suficiente representación para hacer valer la voluntad de una nación.
Porque cuando el poder tiene límites, la democracia respira.
Cuando existen contrapesos, las instituciones se fortalecen.
Y cuando la República está por encima de los partidos, gana la República Dominicana.



