Salud mental y la estabilidad emocional: Una responsabilidad que no podemos seguir postergando

Por Alan Jr Reyes
Hablar de salud mental ya no puede ser un tema secundario ni una conversación que se limite a momentos de crisis. Es una realidad que atraviesa nuestras familias, comunidades, centros educativos y espacios de trabajo. Y, sobre todo, es una responsabilidad colectiva que debemos asumir con mayor seriedad.
Durante mucho tiempo, los problemas emocionales y psicológicos se han enfrentado en silencio. Muchas personas sufren ansiedad, depresión, estrés y otras dificultades sin atreverse a buscar ayuda, por temor al señalamiento, a la incomprensión o a ser juzgadas. Todavía persiste la equivocada idea de que expresar lo que sentimos es una señal de debilidad, cuando reconocer que necesitamos apoyo puede ser uno de los actos de mayor valentía.
La dimensión del problema queda reflejada en las estadísticas. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2023 cerca de una de cada siete personas en el mundo vivía con algún trastorno mental, lo que representa aproximadamente 1,200 millones de personas. La misma organización advierte que la mayoría no tiene acceso a una atención eficaz y que apenas una de cada tres personas con depresión recibe atención formal de salud mental.
En República Dominicana, los registros oficiales también llaman a la reflexión. Durante 2024, el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica notificó 65,088 episodios relacionados con trastornos mentales y de la conducta. De ese total, 27,423 correspondieron a crisis de ansiedad, 21,658 a crisis de depresión y 2,181 a episodios de intento suicida.
Es importante precisar que estas cifras representan episodios registrados por el sistema de vigilancia, no necesariamente personas diferentes ni la totalidad de quienes atraviesan estas situaciones. Aun con esa aclaración, los datos muestran la magnitud del desafío y la necesidad de fortalecer la prevención, la detección temprana y el acceso a servicios de atención.
Detrás de cada cifra hay una historia. Hay una madre que intenta sostener a su familia mientras enfrenta una carga emocional que nadie conoce; un joven que lucha con pensamientos que no sabe cómo expresar; un trabajador que cumple diariamente con sus responsabilidades mientras atraviesa una situación personal difícil; o una persona que sonríe frente a los demás, aunque internamente esté pidiendo ayuda.
Por eso, la salud mental no debe abordarse únicamente desde los hospitales o los consultorios especializados. También requiere comunidades más sensibles, familias dispuestas a escuchar, escuelas preparadas para identificar señales de alerta y lugares de trabajo que comprendan que el bienestar emocional forma parte de la dignidad humana.
La estabilidad emocional no significa vivir sin dificultades, ni tener respuestas para todos los problemas. Significa contar con herramientas, acompañamiento y condiciones que nos permitan afrontar los desafíos de la vida sin perder nuestra capacidad de avanzar. Y cuando esas herramientas no son suficientes, debe existir la posibilidad real de recibir ayuda profesional, sin prejuicios ni barreras.
Las instituciones públicas tienen un papel fundamental. Es necesario fortalecer las políticas de salud mental, ampliar los servicios de atención psicológica y psiquiátrica, invertir en programas de prevención y garantizar que estos servicios lleguen también a los sectores más vulnerables. La atención no puede depender exclusivamente de la capacidad económica de cada persona.
De igual manera, debemos aprender a escuchar sin juzgar, acompañar sin minimizar el sufrimiento ajeno y comprender que frases como “eso se te va a pasar” o “tienes que ser más fuerte” no siempre ayudan. A veces, una conversación sincera, una muestra de solidaridad o la orientación oportuna pueden representar el primer paso para que alguien busque el apoyo que necesita.
La salud mental también debe formar parte de nuestra visión de desarrollo social. No podemos hablar de progreso, bienestar y calidad de vida si dejamos de lado el equilibrio emocional de las personas. Una sociedad verdaderamente desarrollada no solo se preocupa por construir infraestructuras y generar crecimiento económico; también procura que sus ciudadanos tengan acceso a oportunidades, protección, atención y condiciones dignas para vivir.
Hoy más que nunca necesitamos romper el silencio, combatir los estigmas y entender que pedir ayuda no nos hace menos capaces ni menos valiosos. Nos hace humanos.
La verdadera fortaleza de una sociedad también se encuentra en su capacidad de cuidar a las personas, comprender sus emociones y garantizar que nadie tenga que enfrentar sus batallas en soledad.
La salud mental no puede seguir esperando. Atenderla es una responsabilidad de todos.

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