

Por Vantroi Reyes
Luego del trágico secuestro de cuatro ciudadanos salvadoreños por parte de pandillas haitianas, que de alguna manera lograron vulnerar una caravana blindada bajo protección internacional, el presidente Nayib Bukele recurrió a su terreno favorito: las redes sociales.
Allí hizo un espectacular emplazamiento a las pandillas, casi al estilo del personaje de Liam Neeson en Búsqueda implacable, cuando le secuestran a la hija y advierte a los responsables que posee unas habilidades muy particulares que harán de sus vidas una pesadilla.
Hay que reconocerle a Bukele que esto de gurú de las redes, influencer presidencial y productor de escenas cinematográficas se le da bien. Pero, detrás de la puesta en escena, había un mensaje bastante serio: devolver a sus compatriotas de inmediato o enfrentar una intervención violenta.
En principio pensé que se trataba de otra de esas operaciones diseñadas para conseguir views, titulares y algunos millones de “likes”. Después de todo, resulta inevitable preguntarse qué capacidad real tendría el presidente de un país diminuto, con recursos bastante limitados, para emprender una operación militar en Haití.
Confieso que la escena me parecía incluso un poco cómica.
Hasta que apareció nuevamente aquella fotografía del llamado Escudo de las Américas.
Muchos pensamos inicialmente que aquello sería poco más que un club de presidentes dedicados a celebrar las ocurrencias y excentricidades de Donald Trump. Una especie de asociación continental de admiradores de MAGA con foto oficial incluida.
Pero aparentemente el club tiene aplicaciones prácticas.
Según informaciones publicadas en medios colombianos, Colombia habría facilitado transporte y apoyo logístico para la operación con autorización de su gobierno. Si esto es así, la situación deja de ser una bravata presidencial en X y comienza a parecerse bastante más a una operación multinacional.
Y ahí empiezan las preguntas interesantes.
¿Quién proporciona la inteligencia necesaria para identificar a los miembros de las pandillas? ¿Quién establece cuáles son los objetivos? ¿Cómo se diferencia a un pandillero de un ciudadano común en medio del caos haitiano? ¿Quién responde por esos personajes que, en el lenguaje militar, reciben el elegante nombre de daños colaterales, pero que fuera de los comunicados oficiales suelen ser simplemente personas muertas o heridas que estaban en el lugar equivocado?
Y, sobre todo, ¿qué papel jugará la República Dominicana?
Porque República Dominicana también forma parte del llamado Escudo de las Américas y, además, posee algo que ninguno de los demás miembros puede ofrecer: la única frontera terrestre con Haití.
No es un detalle menor
Todo esto ocurre, además, en un momento políticamente bastante incómodo para el maestro, benefactor y guía original del grupo, Donald Trump, después de una severa derrota en las elecciones de medio término y de perder el control de ambas cámaras del Congreso. Y la próxima fotografía de familia promete llegar con algunas ausencias incómodas. El presidente de Paraguay ya no podrá ocupar su lugar habitual; Javier Milei, por su parte, tampoco parece tener garantizada una posición tan cómoda en la foto, después de fracasar en su intento de incorporar un nuevo miembro al club mediante la victoria de Bolsonaro en Brasil. La silla que parecía reservada para el brasileño tendrá que ser retirada antes de la próxima reunión. Al final, aquella mesa preparada para ampliar el círculo de aduladores podría terminar teniendo menos comensales de los previstos.
Ese nuevo equilibrio político hace razonable esperar que el Congreso estadounidense retome investigaciones anteriores y abra otras nuevas sobre operaciones militares, autorizaciones, financiamiento, cadenas de mando y cumplimiento de las normas. Porque las guerras, a diferencia de los posts de Instagram, suelen venir acompañadas de preguntas bastante menos divertidas.
Toda operación militar produce consecuencias.
Hay combatientes muertos. Hay enemigos reales y enemigos supuestos. Hay personas que no tenían absolutamente nada que ver y que, desgraciadamente, también terminan muertas. Hay heridos. Y hay miles de personas que, cuando empiezan a caer las bombas y a sonar los disparos, desarrollan una comprensible preferencia por vivir en lugares más tranquilos.
A esas personas las llamamos refugiados.
Y aquí aparece otra pequeña complicación.
No está claro cuáles son exactamente los compromisos asumidos por el Gobierno dominicano dentro del Escudo de las Américas. Sin embargo, República Dominicana tampoco parece dispuesta a limitarse a observar los acontecimientos desde este lado de la verja. El propio presidente Luis Abinader confirmó conversaciones con Bukele y ofreció colaboración logística y de inteligencia relacionada con las operaciones contra las bandas haitianas.
Lo que todavía no sabemos es qué significa exactamente ese respaldo.
¿Apoyo diplomático? ¿Logístico? ¿Inteligencia? ¿Uso del territorio? ¿Atención médica? ¿Recepción de desplazados?
Tampoco sabemos si cada país financiará sus propias aventuras o si esta recién estrenada organización continental dispone de algún fondo común para pagar combustible, transporte, municiones, hospitales, refugiados y reconstrucción.
Porque aquí aparece finalmente ese detalle incómodo que suele arruinar las grandes epopeyas de las redes sociales: alguien tiene que pagar la factura.
Y ni Haití ni El Salvador se caracterizan precisamente por disponer de sistemas hospitalarios capaces de absorber tranquilamente las consecuencias de una operación militar de gran escala.
Así que el presidente Bukele puede terminar descubriendo que interpretar a Liam Neeson en Twitter es relativamente sencillo.
Lo complicado comienza cuando termina el tráiler y empieza la película.


