

Por Leonardo Cabrera Diaz
No hay nada que alegar en mi defensa,
pues las pruebas de cargo son contundentes.
El acervo probatorio es claro:
mis huellas están en cada uno de tus rincones,
marcadas por mis manos y seguidas por mis pasos.
Los testigos —el tiempo y la memoria—
confirman la materialidad de este sentimiento.
Someto mi voluntad al polígrafo de tu mirada
y el dictamen resulta inequívoco:
mi corazón es el juez que dicta esta norma.
Hago aquí mi confesión judicial,
libre, espontánea y sin coacción:
te quiero para siempre.
Es un latido que dicta jurisprudencia,
una verdad que nace del pecho y se vuelve ley.
Que el jurado vote por unanimidad,
que se dicte el fallo y se ejecute la pena.
Renuncio a cualquier recurso de apelación,
pues acepto con gusto la cadena perpetua en el centro penitenciario de tu alma.
Que se archive el expediente y se selle el acta,
pues esto es ya cosa irrevocablemente juzgada.
Porque hoy, mañana y siempre…
Más allá de toda duda razonable; y de toda lógica posible: Te quiero mujer.
Caso cerrado.
Con Dios siempre, a sus pies.
Compartir:



