

Por Valentín Ciriaco Vargas
«Nos damos cuenta de que la llamada libertad de los ciudadanos ingleses se basa en la opresión de las colonias.», Friedrich Engels, carta a Karl Marx, 23 de mayo de 1856.
I. Introducción, el hecho como síntoma
[Fragmento 1 (Ficción)]El cadáver llegó a la morgue a las 04:30. No tenía nombre todavía, solo un número, 94. Era una bebé. Los técnicos forenses de Ceuta la registraron con la misma eficiencia mecánica con la que habían contabilizado los 73 anteriores, peso, edad estimada, causa probable de muerte por asfixia en aguas del Estrecho. A las 06:00, el delegado del Gobierno ya tenía el parte para la rueda de prensa. A las 08:00, Grande-Marlaska declaraba a la cadena pública que la situación se había «revertido en veinticuatro horas». A las 09:00, la bebé sin nombre había desaparecido de los teletipos. A las 10:00, el mundo seguía hablando de Ceuta.
[Fin del fragmento]Y solo de Ceuta.
Mientras las pantallas devoraban horas de análisis sobre la «crisis migratoria», mientras los platós se llenaban de coroneles en reserva, de politólogos de frontera y de columnistas indignados, en otras latitudes el capital seguía cobrando sus rentas con la misma regularidad de siempre.
En Gaza, el genocidio entraba en su vigésimo tercer mes sin que una sola cadena española abriera con ello su informativo. En Ucrania, la guerra de desgaste absorbía millones de toneladas de acero y carne sin que nadie recordara ya para qué había empezado. En Irán, las consecuencias del conflicto regional se traducían en bloques enteros de civiles sepultados bajo el rubro de «operaciones quirúrgicas». En Venezuela, la administración Trump sostenía la ocupación parcial del territorio con la misma naturalidad con la que se hablaba de «gestión de fronteras». Y en Cuba, el bloqueo económico, ese asfixiante cerco que dura ya más de seis décadas, ni siquiera merecía ya la condena protocolaria de la Unión Europea.
Todo eso seguía pasando, pero no era noticia. No era gestionable como espectáculo. No servía para disciplinar a una clase política española que se había atrevido, dos años antes, a reconocer simbólicamente a Palestina.
Ceuta, en cambio, sí servía.
Por eso este artículo no comienza con la pregunta de qué falló en la frontera. Comienza con la tesis que el relato mediático se empeña en ocultar, la migración no es un problema que la geopolítica debe resolver, es un instrumento que la geopolítica del capital utiliza para reconfigurar relaciones de poder entre Estados.
Lo ocurrido entre el 30 de julio y el 2 de agosto de 2026 no fue una invasión, ni una catástrofe humanitaria, ni un fallo de gestión. Fue aritmética del dominio. Y los 94 muertos, entre ellos una bebé que aún no tiene nombre en los registros públicos, no fueron víctimas de un accidente. Fueron el coste operativo de un sistema que necesita producir cadáveres para legitimarse.
II. Antecedentes, Ceuta y el colonialismo que no terminó
Ceuta y Melilla no son anomalías históricas, residuos del siglo XVI que el progreso olvidó limpiar. Son la norma del presente.
En pleno siglo XXI, todas las superpotencias mantienen colonias en diferentes continentes, Estados Unidos retiene Puerto Rico y Guam en el Caribe y el Pacífico, Francia conserva Nueva Caledonia, la Guayana y Mayotte, el Reino Unido aferra las Malvinas y Gibraltar, Israel ocupa Cisjordania y Gaza, Marruecos ocupa el Sáhara Occidental. Y España, Ceuta y Melilla.
En mantenerlas coinciden todas.
El colonialismo no fue una fase superada del capitalismo, sino su forma mutable, hoy ya no necesita gobernadores con plumas en el sombrero, sino acuerdos de asociación, fondos de desarrollo fronterizo y tecnología de vigilancia israelí. La colonia ya no se llama colonia. Se llama «ciudad autónoma», «territorio asociado», «zona de cooperación reforzada». Pero el mecanismo es el mismo, la desposesión de unos sostiene la acumulación de otros.
La reclamación marroquí sobre Ceuta y Melilla existe desde 1956, pero no es eso lo que explica la crisis.
Lo que explica la crisis es que Washington convirtió el Sáhara Occidental en moneda de cambio. En 2020, los Acuerdos de Abraham normalizaron las relaciones entre Marruecos e Israel a cambio del reconocimiento estadounidense, primero por Trump, luego reiterado por la administración Biden, de la anexión marroquí del territorio saharaui.
En agosto de 2026, en plena crisis de Ceuta, Trump volvió a enviar una carta al rey Mohamed VI reafirmando ese reconocimiento y acusando a España de «facilitar la inmigración ilegal masiva». El timing no es casual, es la coreografía del chantaje.
La frontera no separa dos soberanías, es el límite donde una soberanía se alimenta de la desposesión de la otra.
III. Los hechos, julio-agosto 2026
El jueves 30 de julio, aprovechando una retirada evidente de la vigilancia marroquí en las costas de Castillejos, aproximadamente 60.000 personas cruzaron hacia Ceuta. Lo hicieron a nado, por el espigón de El Tarajal, en una operación que las propias autoridades describieron como «inédita por su magnitud y coordinación».
Los sindicatos policiales españoles denunciaron desde el primer momento que Marruecos «no estaba haciendo absolutamente nada» para contener el flujo. No fue un fallo, fue un relajamiento estratégico.
El saldo, según cifras oficiales, fue de 94 fallecidos, 72 recuperados por autoridades españolas y 22 por las marroquíes, entre ellos una bebé de meses. La cifra podría ser mayor, las ONGs alertan de que muchos cuerpos no serán recuperados nunca.
En menos de 48 horas, unas 53.000 personas fueron devueltas a Marruecos sin proceso de asilo individualizado, organizadas en columnas por el Ejército español.
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, resumió la operación con una frase que debería estudiarse en las facultades de Ciencias Políticas como definición de Estado, «La situación se ha revertido en veinticuatro horas».
Comparemos con 2021. En mayo de aquel año, unas 10.000 personas cruzaron en una jornada, desencadenando una crisis diplomática que se resolvió cuando España cedió ante la presión marroquí aceptando el plan de autonomía para el Sáhara y recibiendo al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en un hospital logroñés.
En 2026, la magnitud es seis veces mayor, y el desenlace no es la cesión española, aún no visible, sino la reiteración estadounidense del reconocimiento del Sáhara.
El patrón no es la anomalía. Es la estructura, cada vez que Rabat quiere forzar la posición de Madrid sobre el Sáhara, la pesca o las relaciones con Argelia, relaja la frontera. Luego la «corrige» a cambio de concesiones diplomáticas. Ceuta es el mostrador donde Marruecos cobra su cheque.
IV. Crítica al relato oficial español
El Gobierno de Pedro Sánchez reaccionó invocando la «violación de la integridad territorial». Es un lenguaje curioso, el mismo Estado que, horas después, organizó la expulsión masiva de 53.000 personas sin juicio ni garantía, se presentaba como defensor del derecho internacional.
La contradicción no es retórica, es constitutiva. Cuando Sánchez habla de soberanía, no habla de protección de personas. Habla de protección de un espacio donde el derecho europeo se suspende selectivamente para gestionar mano de obra racializada.
Pero la frase que condensa todo el relato es la de Grande-Marlaska, «Se revirtió en veinticuatro horas».
Léase bien, el Estado español demostró que puede movilizar al Ejército, cerrar un espigón, procesar a decenas de miles y devolverlos al otro lado con una eficiencia logística que ninguna administración pública muestra nunca para la vivienda, la sanidad o la educación.
La velocidad soberana solo se activa para expulsar. Para proteger vidas, en cambio, el Estado no tiene prisa. Las 94 muertes no frenaron la operación, la legitimaron. La frontera necesita producir cadáveres para que el gasto militar, la vigilancia tecnológica y el estado de excepción permanente parezcan razonables.
V. Crítica al relato marroquí/occidental
Marruecos no es un actor autónomo en este tablero. Es una periferia que negocia su papel en la cadena de valor geopolítica europea y atlantista.
Las autoridades de Rabat detuvieron, eso sí, a 70 personas en Castillejos por incidentes violentos, tentativa de homicidio, incendios, daños, pero durante las horas críticas no impidieron el paso hacia Ceuta. Luego, cuando la presión diplomática había hecho efecto, recuperaron el control con la misma eficiencia con la que lo habían perdido.
No afirmemos aquí una causalidad directa entre la postura española sobre Gaza y la crisis de Ceuta. España reconoció a Palestina en mayo de 2024, no en julio de 2026, y no hay evidencia de que la entrada masiva fuera una represalia puntual por ese reconocimiento.
Pero sí podemos afirmar otra cosa, más grave, que Marruecos utiliza la migración como moneda de cambio geopolítica recurrente cada vez que quiere presionar a Madrid.
Y que Washington, lejos de sancionar ese chantaje, lo premia. El 1 de agosto de 2026, en plena crisis, Trump reiteró el reconocimiento del Sáhara Occidental como marroquí y elogió a Mohamed VI.
El mensaje era claro, quien controla la frontera sur de Europa no es España. Es el imperio, a través de su instrumento subalterno en el Magreb.
VI. La convergencia estratégica, Washington-Tel Aviv-Rabat
No hablemos de un bloque formalizado. No existe un tratado de defensa trilateral firmado en 2026.
Existe algo más sólido, una convergencia estratégica basada en intereses verificables.
El primer pilar son los Acuerdos de Abraham de 2020, Marruecos normalizó relaciones con Israel a cambio del reconocimiento estadounidense del Sáhara.
El segundo pilar es tecnológico, Pegasus, el software israelí de espionaje, fue utilizado por Rabat para infectar los móviles de Pedro Sánchez, de la ministra de Defensa, de periodistas españoles y de activistas saharauis. La soberanía española fue vulnerada en el ciberespacio por un aliado que Washington protege.
El tercer pilar es estructural, Estados Unidos prefiere un Marruecos sumiso y estable, que vigile por ellos el Sahel, que contenga el flujo hacia Europa, que sirva de contrapeso a Argelia, antes que una España que se atreva a tensionar el statu quo atlantista.
Un comentario aislado de un parlamentario estadounidense, que calificó la crisis como «problema europeo», no es un aval institucional formal. Pero es un síntoma.
Revela la indiferencia de Washington hacia la integridad territorial española cuando esa integridad choca con los intereses del imperio. España no es una potencia colonial en Ceuta. Es una periferia colonial de la que se habla como si fuera soberana, pero que se trata como lo que es, un gestor de fronteras alquilado.
VII. Lectura materialista, la frontera como dispositivo
«El sistema colonial proclamaba la acumulación de plusvalía como el fin último y único de la humanidad.», Karl Marx, El Capital, Tomo I, Capítulo 31.
Aquí llegamos al núcleo.
La frontera no existe para impedir la entrada. Existe para producir una condición jurídica, la ilegalidad. Esa condición devalúa el trabajo del migrante que logra cruzar y disciplina al trabajador nativo que teme ser reemplazado.
La frontera es, en su esencia, un dispositivo de clase.
Los cuerpos que cruzaron el Estrecho el 30 de julio no eran, para el sistema, sujetos de derecho. Eran mercancía geopolítica. Cuando cruzan, su fuerza de trabajo se deprecia por la condición de clandestinidad. Cuando mueren, su muerte se deprecia hasta cero.
Las 94 víctimas no son un fallo del sistema de control. Son su lógica operativa. La frontera necesita producir cadáveres para disuadir a otros, para legitimar el gasto militar, para mantener activo el estado de excepción.
La violencia no es un error de cálculo. Es el cálculo.
España y la Unión Europea financian esta violencia por delegación. A través de los Fondos de Cohesión, de la Agenda de Migración, de acuerdos de «cooperación reforzada», Bruselas y Madrid pagan a Marruecos para que ejerza la violencia fronteriza que ellos no quieren ensuciarse ejecutando directamente.
Marruecos no actúa contra Europa. Actúa como Europa, cobrando por ello.
El colonialismo ya no necesita tropas europeas en el terreno. Necesita subcontratistas locales, tecnología israelí y un discurso humanitario que llame «cooperación» a lo que es represión.
VIII. La complicidad de la UE
La Unión Europea no es pasiva ante Ceuta. Es cómplice activa.
La crisis de la frontera sur le sirve para avanzar en tres frentes que de otro modo encontrarían resistencia, la militarización de Frontex, la armonización de devoluciones exprés, y la normalización de la suspensión de derechos.
Italia, gobernada por Giorgia Meloni, ya suspendió parcialmente el acuerdo de Schengen con España durante al menos un mes, imponiendo controles aleatorios en aeropuertos y puertos. La excusa es Ceuta. El objetivo es disciplinar no solo a España, sino a toda la periferia europea que pudiera cuestionar el giro securitario.
La subordinación a la agenda atlantista no es ingenuidad europea. Es interés de clase.
El proyecto de acumulación de la UE, energía, materias primas, mercados africanos, depende de la estabilidad que Washington impone mediante dictadores, golpes de Estado y fronteras militares.
Cuando la UE llora por los muertos del Estrecho mientras financia a los guardias que los empujan al agua, no está siendo hipócrita. Está siendo funcional. El doble discurso es el sistema funcionando correctamente.
IX. Conclusión
[Fragmento 2 (Ficción)]El informe llegó a la mesa del funcionario a las 16:00. Era breve, 94 cuerpos, 53.000 devueltos, coste operativo estimado en 2,3 millones de euros.
En la página siguiente, el mismo ministerio firmaba el desembolso del próximo tramo de ayuda al desarrollo para Marruecos, 140 millones.
El funcionario no leyó el informe. Archivó ambos documentos en la misma carpeta, con la misma etiqueta, «Cooperación reforzada. Magreb 2026».
A las 17:00, la cadena pública abría con la comparecencia de Grande-Marlaska.
A las 18:00, con la carta de Trump a Mohamed VI.
A las 19:00, con el cierre de fronteras en Melilla.
A las 20:00, con el control de Schengen en Italia.
A las 21:00, nadie recordaba el número 94. Ni siquiera sabían que era una bebé.
[Fin del fragmento]Ni invasión ni crisis natural. Lo ocurrido en Ceuta entre el 30 de julio y el 2 de agosto de 2026 fue un mecanismo de disciplinamiento imperial en pleno funcionamiento.
Washington reafirmó su control sobre el Sáhara. Rabat cobró su prima. Bruselas avanzó en la militarización de sus fronteras. Madrid demostró que puede expulsar con la velocidad de una fábrica.
Y 94 personas, una de ellas sin nombre, sin edad, sin más registro que un número en una morgue, pagaron el coste operativo para que todo esto pareciera normal.
No hubo invasión. Hubo aritmética.
Y el imperio no mata por error. Mide.



