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«Costa del Faro, SDE: La ciudad que soñamos comienza en nosotros»

Por Milton Olivo

Había una vez un hombre llamado Don Rafael que vivía en Maquiteria, Santo Domingo Este, Costa del Faro. Como muchos de sus vecinos, soñaba con vivir en una ciudad limpia, ordenada, segura y llena de oportunidades.

Cada mañana, mientras caminaba hacia su trabajo, observaba los parques renovados, las canchas donde jugaban los niños, los murales coloridos y las brigadas municipales trabajando desde temprano. Veía cómo poco a poco algunos espacios abandonados comenzaban a transformarse en lugares de encuentro para las familias.

Sin embargo, Don Rafael tenía una costumbre: siempre encontraba una razón para quejarse.

—La ciudad debería estar mejor —decía.

Y aunque sus palabras parecían razonables, nunca se detenía a pensar en lo que él mismo hacía por la ciudad.

Un día, después de una fuerte lluvia, las calles de su sector amanecieron inundadas. Molesto, salió de su casa dispuesto a criticar a las autoridades. Pero al doblar la esquina encontró algo que llamó su atención.

Varias brigadas municipales estaban destapando imbornales llenos de botellas plásticas, fundas, vasos desechables y todo tipo de basura.

Mientras observaba, un anciano que estaba sentado bajo un árbol le preguntó:

—¿Sabes quién tiró toda esa basura ahí?

—La alcaldía debería limpiar mejor —respondió Don Rafael.

El anciano sonrió.

—No te pregunté quién debía limpiarla. Te pregunté quién la tiró.

Don Rafael guardó silencio. Aquella noche no pudo sacar esa pregunta de su cabeza.

Durante los días siguientes comenzó a observar con más atención. Vio empleados sembrando árboles para embellecer las avenidas y, pocos días después, vio cómo algunas personas los arrancaban o los destruían.

Vio técnicos promoviendo programas de reciclaje y ofreciendo apoyo para crear pequeños negocios comunitarios, mientras muchos rechazaban la oportunidad porque esperaban recibir beneficios sin aportar esfuerzo propio.

Vio a funcionarios visitando barrios para escuchar directamente las necesidades de la gente, pero también vio a ciudadanos que nunca participaban y luego se quejaban de no ser escuchados.

Poco a poco comenzó a comprender algo que nunca había entendido. La ciudad era como una gran casa compartida. Si alguien barría y otro ensuciaba, la casa nunca estaría limpia. Si alguien sembraba y otro destruía, nunca habría jardines. Si alguien reparaba y otro dañaba, nunca habría progreso.

Aquella reflexión cambió su forma de pensar.

Un domingo decidió reunir a sus hijos.
—Quiero mostrarles algo —les dijo.

Los llevó a un parque cercano.

— ¿Ven este lugar? Antes estaba abandonado. El gobierno municipal trabajó para recuperarlo. Ahora nos toca cuidarlo.

Desde ese día comenzaron a recoger los desperdicios que encontraban en sus alrededores. Participaron en jornadas comunitarias, protegieron los árboles sembrados en su sector y ayudaron a sus vecinos a comprender la importancia del reciclaje. Y la importancia de separar los residuos en dos fundas en el hogar; los desechos de alimentos y papeles sanitarios en una. Y todo los demás en otra. Para apoyar el reciclaje.

Al principio parecía un esfuerzo pequeño. Pero las buenas acciones tienen una extraña capacidad de multiplicarse. Pronto otros vecinos comenzaron a imitarlos. Después fueron varias calles. Luego sectores completos. Y poco a poco nació una nueva cultura de responsabilidad compartida.

Años después, mientras observaba a sus nietos jugar bajo la sombra de árboles que antes no existían, Don Rafael recordó al anciano del parque. Entonces comprendió una verdad sencilla pero poderosa: Las ciudades no se construyen únicamente con cemento, presupuestos y maquinarias.

Las ciudades se construyen con conciencia. Se construyen cuando los gobiernos trabajan, pero también cuando los ciudadanos asumen su parte de la responsabilidad. Porque la basura no pertenece al alcalde. Las inundaciones no afectan solamente al gobierno. Los parques no son de una administración. La ciudad pertenece a todos.

Y fue entonces cuando Don Rafael entendió que el futuro de Santo Domingo Este, Costa del Faro, no dependía únicamente de las decisiones tomadas en el Palacio Municipal. Dependía también de las decisiones que cada habitante tomaba cada día.

Porque una mejor ciudad no se hereda. No aparece por arte de magia. Ni puede ser construida por una sola persona. Una mejor ciudad se construye entre todos.

*El autor es escritor, autor de 5 libros, y formulador de propuestas de desarrollo nacional. Promueve una visión de futuro basada en empleo, producción, tecnología y sostenibilidad para construir una República Dominicana más próspera, segura y soberana; una Quisqueya potencia.

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