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Crónica de un absurdo anunciado: Termina la guerra que todos perdimos

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Oscar Guedez

La firma del memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán para “poner fin” a la guerra iniciada el pasado 28 de febrero no representa el triunfo de la diplomacia ni una victoria para ninguna de las partes en conflicto, se trata del reconocimiento oficial de un fracaso geopolítico de proporciones históricas.

Tras más de cien días de hostilidades con distintos niveles de intensidad, la llamada Operación Furia Épica concluye dejando un rastro de devastación económica y humana que plantea la pregunta más incómoda e inevitable: ¿De qué sirvió todo esto?

Al menos los datos macroeconómicos y los balances sobre el terreno dan una respuesta triste y dolorosa: para absolutamente nada.

Ninguno de los actores involucrados obtuvo una victoria política, militar o económica, nadie está ahora en una posición mejor a la que teníamos antes del primer bombardeo de febrero.

POZO SIN FONDO
El balance financiero del conflicto es la fotografía de un despropósito.

Según sus propios datos, el Pentágono gastó hasta 890 millones de dólares diarios sólo para mantener su enorme maquinaria de guerra activa, un drenaje vertiginoso cuya factura superó los 29.000 millones de dólares solo en reposición de munición y despliegue logístico hasta mediados de mayo.

Esto sin contar las invaluables pérdidas humanas y los gastos que dichas muertes acarrean; y los costos que tendrá la reconstrucción de la infraestructura civil y militar dañada (bases en medio oriente, embajadas, vehículos, etc.).

Ese astronómico gasto que es sufragado por los contribuyentes estadounidenses para que la administración Trump, que decidió iniciar la guerra, termine aceptando un pacto con Irán que no cambia en absoluto las relaciones con la República Islámica.

Por el contrario, Estados Unidos aceptó devolverle gradualmente a Teherán 24.000 millones de dólares que Washington mantenía bloqueados y se comprometió a crear un fondo para la reconstrucción de Irán, junto con sus aliados en la región, por un total de 300 mil millones de dólares más.

En cuanto a Israel, la guerra contra Irán erosionó su estabilidad presupuestaria con un déficit diario de 200 millones de dólares en operaciones militares defensivas y ofensivas, una fuga de capital por 13.000 millones de dólares que no lograron erradicar la percepción de vulnerabilidad en sus fronteras y que, por el contrario, confirmó los temores israelíes acerca de la capacidad iraní de golpear el corazón de su territorio cuando lo

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COLAPSO ESTRUCTURAL
Pero si las potencias agresoras sufrieron daño económico, el impacto sobre las naciones del Golfo Pérsico y la propia República Islámica de Irán raya en lo catastrófico.

Teherán contabiliza pérdidas estructurales por encima de los 270.000 millones de dólares; una quinta parte de su aparato industrial quedó dañado o destruido y la inflación actual ronda el 400%, asfixiando a la población civil.

Paralelamente, las monarquías árabes del Golfo, “ajenas” al conflicto, vieron cómo el cierre del Estrecho de Ormuz secuestró sus economías y les causó pérdidas de uno mil millones de dólares diarios.

El suministro de petróleo cayó en unos 14 millones de barriles diarios tras quedar como rehén geopolítico del conflicto y demostrar cuán frágil es la estabilidad de una economía global cuyas billonarias pérdidas se estima en 600.000 millones de dólares.

LA TRAGEDIA
Detrás de ese abismo de cifras macroeconómicas se esconde la verdadera tragedia: el coste humano.

Más de 7.400 vidas civiles se apagaron en Irán bajo una campaña de bombardeos ilegales a la luz del derecho internacional, 240 hospitales y centros médicos fueron destruidos sistemáticamente y cinco sitios declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO fueron dañados o afectados por los bombardeos de Estados Unidos e Israel.

Esto sin contar las refinerías petroleras, gasoductos, depósitos de combustibles y otras infraestructuras energéticas dañadas en Irán, Bahrein, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos e Israel.

EDUCIDIO
En materia educativa el desastre es catalogado por observadores internacionales como un “educidio”: La Organización para la Renovación de Escuelas de Irán reportó daños en 1.507 colegios de primaria y secundaria de 22 provincias, 15 de estos recintos quedaron reducidos a cenizas.

Según el Ministerio de Ciencia de Irán, más de 30 universidades y centros de educación superior sufrieron bombardeos directos, entre las más afectadas destacan la Universidad de Ciencia y Tecnología de Irán y la prestigiosa Universidad Shahid Beheshti en Teherán, cuyo Instituto de Investigación de Láser y Plasma quedó devastado.

Mención aparte para las muertes de estudiantes y profesores: 168 niñas de entre siete y doce años fueron asesinadas en el colegio Shajareh Tayyebeh en Minab; mientras que 60 estudiantes y cinco profesores perdieron la vida en los campus universitarios.

Y más allá de estos impactos directos, el gobierno iraní se vio obligado a suspender las clases de manera presencial durante el tiempo que duró el conflicto, mientras que en Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Baréin y Kuwait se vieron obligados a clausurar de emergencia todas sus guarderías, escuelas y universidades en varias ocasiones para proteger a estudiantes y profesores.

TABLERO GLOBAL ROTO
El escenario mundial postguerra no deja a nadie bien parado.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza una retirada pragmática pero apresurada que fractura su alianza estratégica con Tel Aviv y demuestra que, en efecto, iniciar la guerra fue un error de principio a fin.

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, termina visiblemente aislado y opta por la narrativa del derecho a la acción militar unilateral contra el Líbano, con lo que compromete la estabilidad futura de la región al desmarcarse de las directrices de su principal socio estratégico.

Mientras tanto, el régimen de Teherán sobrevive políticamente, pero la economía y la infraestructura del país están cada vez más dañadas, y aunque se refuerza la unidad social, la necesidad de reconstruir la maltrecha economía será un desafío monumental.

Si algo mínimamente bueno dejó toda esta guerra, fue en protagonismo de los países del sur global en la mediación, Qatar, Pakistán y China fueron los únicos capaces de actuar como árbitros confiables para todas las partes, por encima de una Unión Europea y otros actores históricos que no lograron tener ninguna influencia positiva en el conflicto.

Porque, aunque las bolsas de valores del mundo reaccionaron eufóricas al anuncio del acuerdo y el precio del crudo Brent cayó en un 4,8% de manera casi instantánea, y aunque resulte evidente que Irán obtuvo una victoria estratégica sobre la mayor potencia militar de la historia de la humanidad, nadie puede cantar victoria tras esta costosa, sangrienta e inútil aventura guerrerista que no solucionó nada, complicó la economía mundial aún más y dejó el tablero internacional exactamente igual de inestable que al principio, pero mucho más pobre y fracturado.

NO ES EL FIN
Este Memorando de Entendimiento, figura jurídica de las relaciones internacionales que es el inicio para discutir y negociar futuros acuerdos realmente concretos, no logra poner fin real al conflicto, en parte porque EE.UU. es quien se compromete a que Israel cese sus ataques contra el Líbano, un compromiso que Tel Aviv insiste en que no está obligado a cumplir.

Por otro lado, tampoco están incluidas las negociaciones por el programa nuclear iraní, centro de las hostilidades estadounidenses e israelíes contra Teherán, por lo que es probable que en los próximos meses o años volvamos a ver acción militar en el Golfo Pérsico.

De hecho, el Memorando de Entendimiento sólo tendrá una duración de 60 días prorrogables, tiempo en el que se supone que Estados Unidos e Irán negociarán soluciones de largo plazo a los problemas de fondo que, en 120 días seguramente no serán alcanzados, si tomamos como referencia el Plan de Acción Integral Conjunto firmado por Washington, la Unión Europea, Irán, China y Rusia durante la administración Obama (2015) tomó más de 2 años de intensas negociaciones.

Resulta evidente que, en efecto, el documento firmado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump y su homólogo iraní, Masoud Pezeshkian por separado y sin un apretón de manos para la foto, no logra poner fin real al conflicto y podría no pasar de ser más que un “pañito tibio” para aliviar el traumático impacto de esa inútil guerra en la economía mundial.

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