Detectan un vínculo entre el consumo de té y café y la demencia
Los resultados forman parte de un estudio con más de 100.000 voluntarios y cuatro décadas de duración
Durante décadas, el café y el té han ocupado un lugar ambiguo en la conversación sobre la salud. Demonizados en algunos momentos, reivindicados en otros, ambos han sido asociados con el corazón, el metabolismo, el sueño y hasta el estado de ánimo. Sin embargo, cuando se trata del cerebro y del riesgo de demencia, la evidencia científica ha sido hasta ahora fragmentaria y, en muchos casos, contradictoria. Parte del problema es metodológico: muchos estudios no distinguían entre café con cafeína y descafeinado, analizaban periodos de seguimiento cortos o se apoyaban en muestras reducidas. Hasta ahora. Un nuevo estudio, publicado en Jama, aporta una de las imágenes más completas hasta la fecha sobre esta relación entre café, té y demencia.
El estudio, realizado a partir de dos de las grandes cohortes epidemiológicas estadounidenses (el Nurses Health Study y el Health Professionals Follow-up Study, ha seguido durante más de cuatro décadas a más de 130.000 personas inicialmente sanas, recogiendo información detallada sobre su consumo de café y té. A lo largo de ese tiempo los autores, liderados por Dong Wang, identificaron más de 11.000 casos de demencia, lo que ha permitido establecer vínculos entre los hábitos de consumo y la salud cognitiva a largo plazo.
Los resultados apuntan en una dirección clara, aunque matizada. Quienes evidenciaron un consumo más alto de café con cafeína presentaron un menor riesgo de desarrollar demencia en comparación con quienes apenas lo consumían. La diferencia no es espectacular, pero sí estadísticamente sólida: el riesgo fue aproximadamente un 18 % menor tras ajustar por múltiples factores como el nivel educativo, la actividad física, el tabaquismo o la dieta general. Además, quienes bebían más café con cafeína mostraron con menor frecuencia una sensación subjetiva de deterioro cognitivo, una señal temprana que, aunque no siempre se traduce en enfermedad, suele preceder a cambios medibles en la función cerebral.
En el caso del té, el patrón fue muy similar. Un mayor consumo se asoció también con menor riesgo de demencia y con mejores indicadores de función cognitiva. En cambio, el café descafeinado no mostró asociaciones protectoras claras, lo que sugiere que la cafeína o su interacción con otros compuestos bioactivos, podría desempeñar un papel relevante. Aun así, el estudio no identifica un efecto lineal del tipo “cuanto más, mejor”.
De hecho, los análisis muestran una relación no lineal: las asociaciones más favorables se observan con un consumo moderado, en torno a dos o tres tazas diarias de café con cafeína o una o dos tazas de té. Más allá de esos niveles, el beneficio parece estabilizarse.
Uno de los puntos fuertes del trabajo es que no se limita a diagnósticos de demencia. En uno de los grupos, el equipo de Wang evaluó el rendimiento cognitivo mediante pruebas estandarizadas realizadas por teléfono, lo que permitió detectar diferencias sutiles en memoria, atención y función global. En estas evaluaciones, las personas con mayor consumo de café con cafeína obtuvieron puntuaciones ligeramente mejores, aunque el tamaño del efecto fue modesto y no siempre alcanzó significación estadística plena. Esto refuerza una idea clave: si existe un beneficio, no se trata de un escudo poderoso contra el deterioro cognitivo, sino de un posible empujón leve pero sostenido a lo largo del tiempo.
Como ocurre con todos los estudios observacionales, los autores subrayan la necesidad de prudencia. No puede descartarse que parte de la asociación refleje estilos de vida más amplios o factores difíciles de medir con precisión. Tampoco se puede concluir que empezar a beber café o té reduzca automáticamente el riesgo de demencia. Sin embargo, la duración excepcional del seguimiento, el tamaño de la muestra y la consistencia de los resultados entre distintas medidas cognitivas hacen que el trabajo tenga un peso especial dentro de un campo plagado de resultados ambiguos.
Fuente: La Razón
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