

Por Leonardo Cabrera Diaz
El poder es un licor que embriaga. Muchos, al subir, olvidan la humildad y cambian el servicio por la altivez, rodeándose de aduladores que les hacen creer que son infalibles.
La historia nos deja lecciones claras, por ejemplo
Salomón: Al inicio, no pidió riquezas, sino sabidurÃa. Entendió que el lÃder se debe a su pueblo y no a sus propios caprichos.
El poder, bien enfocado, nace del deseo de guiar con justicia.
El Rey Saúl: Inició humilde, pero el poder corrompió su juicio. Prefirió alimentar su ego antes que cumplir su propósito, y terminó perdiéndolo todo.
Robespierre: Comenzó buscando libertad, pero el embrujo del poder absoluto lo convirtió en lo que juró destruir, dejando tras de sà solo terror y desilusión.
Un poder sin contrapeso es la antesala del totalitarismo.
Cuando el gobernante ignora la disidencia y se encierra en su propia verdad, el sistema empieza a «oler a peligro».
Es decepcionante ver cómo se repite la historia: lÃderes que llegan con votos de esperanza y se retiran con el desprecio de su pueblo.
Como bien sentenció Edmond Thiaudière:
«La polÃtica es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos.»
Por ello, los pueblos deben elegir con sabidurÃa para no terminar mordiéndose la lengua por el dolor del arrepentimiento.
Con Dios siempre, a sus pies
Compartir:


