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El silencio cómplice alimenta la violencia sexual en RD

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Doctor Ramón Ceballo

La violación de una mujer por seis hombres en República Dominicana, me ha llevado a reflexionar y redactar este articulo, porque no es un hecho aislado, es el grito más brutal de una sociedad enferma de machismo, donde la violencia sexual no es una excepción, es una vergonzosa norma.

Es, sin lugar a dudas, una de las expresiones más brutales del poder y la dominación. No se trata de un hecho aislado ni de una patología individual, sino de una práctica sostenida por una cultura que normaliza el sometimiento del cuerpo ajeno y que, en demasiadas ocasiones, lo reduce a un objeto de uso.

La realidad en República Dominicana y en América Latina en general, muestra un panorama alarmante que interpela tanto a la justicia como a la sociedad en su conjunto. De acuerdo con UNICEF, aproximadamente el 15 % de las niñas y el 8 % de los niños en América Latina y el Caribe experimentaron violencia sexual antes de cumplir los 18 años.

En la República Dominicana, la situación es aún más cruda: el 65 % de las adolescentes de entre 15 y 17 años ha sido víctima de este tipo de violencia en algún momento de su vida. Este dato por sí solo basta para dimensionar la magnitud del problema, dos de cada tres adolescentes dominicanas cargan con la marca de un hecho traumático que, lejos de ser excepcional, se ha vuelto parte del paisaje cotidiano.

En 2023, el país registró 1,454 denuncias por delitos sexuales. Sin embargo, solo el 6.33 % de esos casos derivó en una sentencia condenatoria. El dato desnuda la fragilidad del sistema judicial, incapaz de garantizar justicia efectiva para la mayoría de las víctimas.

Peor aún: el 29 % de las denuncias corresponden a menores de edad, lo que revela cómo la violencia sexual golpea con mayor brutalidad a quienes se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad.

La violencia sexual no nace del deseo, sino de la necesidad de ejercer control y dominio. Se manifiesta en múltiples formas: desde el acoso verbal, hasta violaciones atroces grabadas y difundidas en redes clandestinas o plataformas de pornografía.

En estos casos, la víctima no solo sufre la agresión directa, sino que además queda expuesta a una revictimización infinita, convertida en mercancía para el morbo colectivo.

La sociedad suele responder con indiferencia o silencio, lo que en los hechos se traduce en complicidad. El castigo a los agresores sigue siendo la excepción, mientras la regla es la impunidad. Esta tolerancia cultural convierte la violencia sexual en una práctica estructuralmente sostenida y reproducida.

La criminología y la psicología clínica han clasificado distintos perfiles de agresores sexuales, algunos de los cuales responden a trastornos específicos, tales como la parafilia coercitiva, caracterizada por la excitación al someter a la víctima en contra de su voluntad; el sadismo sexual, donde el agresor obtiene placer al causar dolor o humillación; y elvoyeurismo o exhibicionismo con componentes violentos, que se manifiesta en la satisfacción al observar o forzar la exposición de la víctima.

Asimismo, se han identificado trastornos de personalidad antisocial y narcisista, marcados por la ausencia de empatía, la instrumentalización del otro y la búsqueda de poder o validación a través de la agresión. Aunque menos frecuentes, algunos episodios de violencia sexual también se han asociado a psicosis, consumo problemático de droga.

Sin embargo, la verdad más incómoda es que la mayoría de los violadores no padecen una enfermedad mental. Se trata de hombres funcionales en la sociedad, integrados en entornos laborales, familiares y comunitarios, pero amparados por un sistema cultural que les permite convertir la violencia en una herramienta de dominación.

Aquellos que graban sus ataques y los difunden lo hacen en busca de reconocimiento dentro de comunidades clandestinas en línea, transformando el crimen en trofeo o mercancía.

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