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Flores o Conciencia: Una Reflexión sobre la Patria

Por Leonardo Cabrera Diaz

Cada 27 de febrero, la República Dominicana se llena de símbolos: banderas en los balcones, coronas de flores ante los bustos de los héroes y discursos cargados de adjetivos gloriosos.

Pero, tras el eco de los himnos y el colorido del carnaval, cabe preguntarse:

¿Estamos honrando los ideales de Duarte, Sánchez y Mella, o solo estamos cumpliendo con un protocolo vacío?

Depositar una ofrenda floral es un acto de respeto, pero las flores se marchitan en pocos días.

El sacrificio de los Padres de la Patria no fue para que recordáramos sus rostros en estatuas de mármol, sino para que sus ideales de justicia, honestidad y soberanía fueran el motor de nuestra sociedad.

En las instituciones, se rinde culto a la imagen, pero a veces se olvida el ejemplo de integridad de Duarte.

En las escuelas, se enseña la fecha y el dato histórico, pero ¿se está formando conciencia ciudadana sobre lo que significa ser libre y responsable?

El escudo nacional no es solo un símbolo; es una hoja de ruta en la que Dios constituye e implica ser una base ética y moral en nuestras acciones.

La Patria es el compromiso con el bien común por encima del beneficio individual.

La Libertad no es solo la ausencia de un yugo extranjero, sino la capacidad de un pueblo de decidir su futuro con educación y sin corrupción.

La verdadera conmemoración no debería ocurrir solo en los altares, sino en el comportamiento diario de cada dominicano.

Honrar el legado patriótico significa, en esencia, respetar las leyes que ellos soñaron para nosotros, fomentar la transparencia, siguiendo el ejemplo de Duarte cuando rindió cuentas de cada centavo recibido para la causa

y defender la identidad no solo con el baile y la música, sino con el pensamiento crítico y la participación activa.

Si el 27 de febrero solo es un día de asueto o un cierre de carnaval, estamos dejando morir la esencia de la dominicanidad.

Hay que tomar conciencia de que la patria se construye cada día en la honestidad del trabajo, en el respeto al derecho ajeno y en la formación de jóvenes que no solo sepan quién fue Juan Pablo Duarte, sino que aspiren a vivir con su misma coherencia.

Por ello, más allá de los discursos y las flores en los bustos, sembremos más y más sus ideales en el corazón; esa es la deuda que aún tenemos con quienes lo dieron todo por el bienestar de la patria.

Con Dios siempre, a sus pies.

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