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Johnny Sánchez
Vi el documental «NAZA» de 2 periodistas valientes; hoy excomulgados de Israel, viviendo en NYC, sobre operaciones de israelitas, de noche, con vídeos, fotos y evidencias, luego entrevistaron a soldados en esa acción militar.
Resultado: 229 mil palestinos muertos para matar a 2.000 de Hamás que se perseguían.
La guerra moderna tiene una gran ventaja: ya no necesita negar a los muertos; basta con cambiarles el nombre a todos: «son terroristas»
Un niño muerto no es un niño muerto.
Es “daño colateral”.
Una familia enterrada bajo los escombros no es una familia destruida.
Es “un incidente operativo”.
Un hospital convertido en ruinas no es una tragedia.
Es “una consecuencia no deseada”.
Y miles de civiles muertos… bueno, ahí ya entran los expertos en semántica militar para explicarnos que **genocidio es una palabra demasiado fuerte**.
¡Qué alivio!
Porque aparentemente, si cambiamos el sustantivo, también cambia la realidad.
La bomba sigue siendo bomba, pero el comunicado de prensa la convierte en estadística.
Y mientras unos discuten si jurídicamente corresponde decir “genocidio”, “crimen de guerra” o “daño colateral”, hay familias palestinas que probablemente tengan una pregunta mucho más sencilla:
¿Por qué murió mi familia?
Curiosamente, la palabra “daño colateral” nunca aparece en los cementerios.
Allí solo hay nombres. Y los nombres tienen la desagradable costumbre de recordar que detrás de cada número había una vida.
La ironía final: parece que en algunas guerras lo más importante no es evitar que mueran civiles.
Si muere uno, fue un error.
Si mueren diez, una tragedia.
Si mueren cien, “daños colaterales”. Escuché a entrevistado decir en inglés.
Si mueren miles, siempre aparece algún experto dispuesto a explicarnos que el problema no es la muerte… sino cómo la llamamos.
Genocidio” es una palabra muy fuerte, dicen.
Claro. Mucho más cómoda resulta la expresión “daño colateral”. Suena casi administrativa: como si no fueran seres humanos, sino una línea que salió mal en una hoja de Excel.
La Corte Internacional de Justicia todavía no ha dictado una sentencia definitiva sobre el fondo del caso de genocidio contra Israel. Pero sí ordenó medidas provisionales para proteger a los palestinos de Gaza frente a actos contemplados por la Convención contra el Genocidio.
Mientras los juristas discuten la palabra correcta, la realidad no necesita diccionario: la ONU continúa documentando muertos, heridos, desplazados, destrucción y enormes necesidades humanitarias en Gaza y no pasa nada, ni Abinader se pronunció sobre el tema en la ONU. Yo, sin ser árabe, escribo y no tapo la masacre.
La pregunta incómoda no es solamente cómo llamamos a una tragedia.
La pregunta es:
¿Cuántos civiles muertos hacen falta para que dejemos de discutir la etiqueta y empecemos a discutir cómo detener la tragedia?
Porque cuando una persona muere, no es “colateral”.
Es una persona.
Y ninguna bandera —israelí, palestina, estadounidense ni de ningún otro país— debería convertir esa verdad en daño colateral de nuestra conciencia.
Encontrar una palabra suficientemente elegante para explicar por qué murieron no es justicia divina
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