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Guerra de Ucrania a cámara lenta: el agotamiento como estrategia y como trampa


Ucrania lleva once años soportando una presión existencial que no tiene parangón en la Europa contemporánea

Hay guerras que se ganan con la fuerza. Hay guerras que se pierden por la fatiga. Y hay guerras —como la de agresión que Rusia libra contra Ucrania— que se prolongan deliberadamente con la esperanza de que el adversario se rinda antes de que el agresor colapse. La invasión a gran escala iniciada por Vladimir Putin en febrero de 2022, lejos de ser la «operación militar especial» de tres días que el Kremlin prometió a su propio pueblo, se ha convertido en el conflicto más mortífero librado por una potencia europea desde la Segunda Guerra Mundial: una guerra a cámara lenta, en la que el tiempo es tanto el campo de batalla como el arma más peligrosa.

Esta teoría del agotamiento simultáneo, el agotamiento occidental en su voluntad de sostener a Ucrania; el agotamiento profundo de la propia sociedad ucraniana y el agotamiento creciente e irreversible de la propia Rusia.

El politólogo estadounidense Thomas Schelling, en su obra clásica ‘Arms and Influence’, advirtió que en las guerras de desgaste la resolución del que apoya —y no solo del que combate— puede ser el factor decisivo. Esa advertencia resuena con fuerza lacerante en Europa y en Washington.

La Administración Trump, con su retórica transaccional y su impaciencia ante los conflictos prolongados, ha enviado señales contradictorias que han debilitado la cohesión atlántica en el momento más delicado. En Europa, los gobiernos que más firmemente han apoyado a Ucrania —Polonia, los países bálticos, el Reino Unido— se enfrentan a presupuestos tensados al límite y a electorados que empiezan a pedir paz, aunque sea una paz injusta.

Sin embargo, este agotamiento occidental no es irreversible ni es tan profundo como Moscú quiere creer. Los europeos que han vivido bajo el dominio soviético saben perfectamente lo que representa ceder ante Putin. Y saben, con la lucidez que da la historia vivida en propia carne, que un acuerdo de paz que congele las líneas actuales no será el final del conflicto sino el prólogo del siguiente.

El agotamiento ucraniano: once años en la trinchera

Existen pueblos que han sido forjados por el sufrimiento hasta hacerse inquebrantables. Pero incluso la más extraordinaria resiliencia tiene límites biológicos, psicológicos y demográficos. Ucrania lleva once años —desde la anexión ilegal de Crimea en 2014 y el inicio del conflicto en el Donbás ese mismo año— soportando una presión existencial que no tiene parangón en la Europa contemporánea. Cuando en febrero de 2022 Putin ordenó la invasión a gran escala, ese pueblo ya llevaba ocho años en un estado de guerra latente y preparándose para lo peor.

Hoy Ucrania combate con sus propios medios y los de sus aliados europeos, en un contexto en el que el apoyo militar estadounidense se ha reducido drásticamente, un 99% desde enero de 2025. El resultado es un ejército que mantiene posiciones heroicamente, pero que acusa el peso de años de sacrificio. La movilización de nuevas cohortes de soldados, en una población que la guerra y la emigración han reducido considerablemente, plantea dilemas éticos y operativos de enorme gravedad. Los hombres que combaten en el frente llevan meses —algunos, años— sin rotaciones suficientes.

El economista Barry Eichengreen señaló que la economía ucraniana, apoyada por la financiación occidental que llega a representar el 20% de su PIB, ha mostrado una capacidad de resistencia sorprendente: un crecimiento promedio del 4,4% en los últimos dos años, con la inflación contenida y las exportaciones reactivadas tras la neutralización de la Flota rusa del Mar Negro. Pero la sostenibilidad de ese modelo depende en última instancia de una voluntad política occidental que, como hemos visto, no es incondicional ni eterna.

El agotamiento ruso: la verdad que el Kremlin oculta bajo siete llaves

Y llegamos al núcleo de la argumentación que me parece más urgente subrayar, porque es la que más sistemáticamente se silencia o minimiza en ciertos círculos: Rusia se está desangrando. Lo está haciendo a un ritmo que ninguna potencia occidental habría soportado políticamente durante tres semanas. Y lo está haciendo por una ganancia territorial que roza lo irrisorio. Los datos son inapelables.

Según el informe publicado en enero de 2026 por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Washington —institución de indiscutible rigor analítico—, Rusia ha sufrido 1,2 millones de bajas desde el inicio de la invasión a gran escala, entre ellas hasta 325.000 muertos. La cifra convierte este conflicto en el más mortífero para Rusia desde la Segunda Guerra Mundial: las pérdidas rusas son cinco veces superiores a las acumuladas en todos los conflictos soviéticos y rusos juntos desde 1945, incluyendo Afganistán y las dos guerras de Chechenia.

Y el avance obtenido con ese precio en sangre resulta, sencillamente, indefendible en términos estratégicos: durante todo 2025, según el Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), Rusia conquistó 4.322 kilómetros cuadrados de territorio ucraniano, equivalente al 0,7% del total del país. El coste fue de 85 soldados rusos por cada kilómetro cuadrado ocupado.

En la región de Járkov, el avance promedio no superó los 50 metros diarios. El propio CSIS lo comparó con la velocidad de avance en la Batalla del Somme, aquel matadero de 1916 que cambió para siempre la percepción occidental de la guerra. Aquella comparación no es retórica: es matemáticamente precisa y estratégicamente devastadora para la narrativa de la «inevitable victoria rusa» que algunos medios y ciertos líderes políticos occidentales han asumido como verdad revelada, en una ridícula y perversa muestra de ignorancia, manipulación y mala fe.

Fuente: La Razón

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