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Por Williams Reynoso Sánchez
Analista Político / Gestor Cultural y Social / Columnista de Medios Nacionales / Organizador de los Encuentros de Dominicanos en España (8va edición
Como activista social y gestor cultural, he dedicado años a promover con orgullo los valores patrios, el folclore, nuestras efemérides y el valioso intercambio cultural entre la República Dominicana y España. «Creo firmemente en la riqueza del encuentro entre pueblos, en tender puentes diplomáticos e institucionales, y en la alegría festiva de nuestras raíces». Es plenamente legítimo y necesario que las comunidades migrantes ocupemos el espacio público para mostrar la belleza de nuestra música, nuestras danzas y nuestra gastronomía, conviviendo en armonía con la sociedad española de la que hoy formamos parte.
Sin embargo, el pasado domingo, al ver a más de treinta delegaciones latinoamericanas desfilar por las avenidas de Madrid con trajes típicos y alegría efervescente en el marco de la «Hispanidad», se hace inevitable señalar una profunda contradicción histórica. Una cosa es abrazar la integración, el folclore y la hermandad actual entre naciones, y otra muy distinta es sumarse acríticamente a la celebración de una fecha que marca el inicio de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia.
Para el Estado español, el 12 de octubre representa la conmemoración de su proyección histórica y la expansión de su imperio —lo que institucionalmente justifican como su propia gesta—. Pero para quienes llevamos en la sangre la memoria de América Latina, no es prudente ni digno que los descendientes de quienes fueron despojados, sometidos y violados salgamos a festejar el origen de esas mismas atrocidades.
Esta distinción es urgente, especialmente para las nuevas generaciones. Miles de jóvenes nacidos o criados en España, hijos de dominicanos y de otros pueblos hermanos, crecen escuchando una versión aséptica del «Descubrimiento de América» (12 de octubre de 1492). Pero no se puede «descubrir» lo que ya estaba habitado, cultivado y organizado.
En la isla de La Española (actual República Dominicana y Haití), existía una estructura social perfectamente articulada en cinco cacicazgos: Marién (gobernado por Guacanagarix), Maguá (Guarionex), Maguana (Caonabo), Jaragua (Bohechío) y Higüey (Cayacoa).
La verdad histórica impone reconocer que la llegada colonial desarticuló trágicamente a la sociedad taína. Se impusieron dinámicas de despojo, extracción brutal del oro, sometimiento forzado y violencia sistemática contra las mujeres autóctonas, derivando en el exterminio de la población originaria.
Con el paso del tiempo, el siglo XX intentó maquillar el proceso bajo el concepto del «Día de la Raza» (acuñado en 1913), hasta que la evolución legislativa en España fijó la fecha mediante la Ley 18/1987 como la Fiesta Nacional de España, manteniendo en el imaginario popular el nombre de «Día de la Hispanidad».
La disonancia sobre este legado es tan profunda que ha alcanzado el plano geopolítico: en 2019, el gobierno de México solicitó formalmente a la Corona española un gesto de disculpa pública hacia los pueblos originarios; una petición rechazada por el Estado español bajo el argumento de no juzgar el pasado con criterios del presente, postura que sigue generando debate internacional.
Promover la cultura no significa abrazar la amnesia. El intercambio cultural entre la República Dominicana y España debe basarse en el respeto mutuo, el reconocimiento de la verdad y la madurez histórica. España tiene derecho a conmemorar su historia, pero nuestra responsabilidad como padres, educadores y gestores culturales es orientar a nuestros hijos con criterio: disfrutar del folclore y de la convivencia del presente, sin celebrar jamás las tragedias del pasado.

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