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Irán y la guerra de la asfixia estratégica

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Iscander Santana
Zúrich, Suiza

Una guerra diferente

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán está demostrando que el poder militar ya no se mide únicamente por la capacidad de destruir objetivos. También se mide por la capacidad de imponer costes, alterar rutas comerciales, dividir alianzas y convertir cada frente regional en una amenaza global.

En ese terreno, Irán no está solo. Tampoco parece dispuesto a aceptar el papel de víctima aislada.

El control de Ormuz

La estrategia iraní combina resistencia militar, presión económica y guerra indirecta. El estrecho de Ormuz constituye su principal instrumento de presión —Teherán no necesita mantenerlo cerrado indefinidamente para obtener beneficios estratégicos; le basta con demostrar que puede paralizarlo, seleccionar los buques autorizados y condicionar su reapertura a concesiones estadounidenses.

La consecuencia es inmediata. Una crisis local se transforma en crisis energética mundial, y una limitación geográfica —la dependencia iraní del Golfo— se convierte en herramienta de presión contra sus propios adversarios.

La guerra desde varios frentes

Esta táctica representa una nueva forma de guerra. Irán evita, en la medida de lo posible, una confrontación convencional prolongada con Estados Unidos e Israel, donde su inferioridad tecnológica sería evidente. En su lugar, distribuye el conflicto entre Ormuz, Yemen, el mar Rojo, Irak, Siria, el Líbano y las redes de milicias regionales.

Cada frente obliga a Washington y a sus aliados a gastar recursos, desplegar fuerzas y asumir nuevos riesgos. La guerra deja de ser una batalla entre dos ejércitos. Se convierte en una red de crisis simultáneas.

El papel de los hutíes

Los hutíes desempeñan un papel esencial en esta arquitectura. Sus ataques contra intereses saudíes y contra la navegación marítima obligan a Riad a defender, al mismo tiempo, sus fronteras, sus instalaciones energéticas y sus rutas comerciales.

Aunque poseen autonomía política y militar, su existencia demuestra la eficacia de la estrategia iraní: trasladar la presión lejos del propio territorio y dificultar que el adversario concentre sus fuerzas en un solo objetivo.

El pacto de Arabia, Turquía y Pakistán

El pacto de defensa entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán debe entenderse en este contexto. No es únicamente una respuesta a Irán, ni puede interpretarse automáticamente como una alianza ofensiva subordinada a Washington.

Arabia Saudita busca protección frente a los ataques hutíes y frente a una posible expansión del conflicto. Turquía pretende reforzar su autonomía estratégica. Pakistán aporta profundidad militar y política.

La paradoja es evidente: el mismo acuerdo que puede disuadir una agresión puede también consolidar la formación de bloques rivales. Oriente Medio corre el riesgo de quedar dividido entre un eje asociado a Estados Unidos e Israel, una red iraní apoyada por actores regionales y un grupo de potencias que intenta, todavía, preservar su independencia.

Irán no está aislado

Por ello, resulta erróneo afirmar que Irán está aislado. Rusia le ofrece cooperación militar, diplomática y tecnológica; China proporciona canales económicos, energéticos y comerciales que reducen parcialmente el impacto de las sanciones; Corea del Norte mantiene vínculos relevantes en materia de misiles y tecnología militar.

Tampoco debe exagerarse, sin embargo, la cohesión de este eje. Rusia y China colaboran con Teherán, pero no han demostrado estar dispuestas a entrar automáticamente en una guerra directa contra Estados Unidos.

Una red de apoyo, no una alianza clásica

La verdadera ventaja iraní reside precisamente en esa ambigüedad. Teherán no necesita que sus socios combatan abiertamente por él. Le basta con recibir apoyo suficiente para resistir, mantener abiertos varios frentes y elevar el coste de cualquier victoria estadounidense.

Irán transforma así su debilidad convencional en capacidad de perturbación global. Su estrategia no consiste en derrotar militarmente a Estados Unidos, sino en impedir que Washington convierta su superioridad militar en una solución política estable.

El desgaste estadounidense

Estados Unidos conserva una superioridad militar indiscutible, pero llega desgastado —política, económica y diplomáticamente. Debe proteger a Israel, defender a sus aliados árabes, mantener abiertas las rutas marítimas y evitar que la guerra se convierta en un conflicto regional incontrolable.

¿Puede Washington todavía atacar a Irán? Sin duda. La pregunta que realmente importa es otra: ¿puede imponer una solución sin quedar atrapado en una guerra más extensa y más costosa de lo que está dispuesto a admitir?

Una victoria difícil de definir

Irán no controla completamente el conflicto, pero sí controla buena parte de su ritmo, su expansión y sus costes. Estados Unidos e Israel pueden ganar enfrentamientos concretos. Irán, en cambio, se conforma con impedir que esas victorias se conviertan en una victoria política definitiva.

Esta es la nueva forma de guerra: no derrotar al adversario en el campo de batalla, sino agotar su superioridad militar hasta volverla insuficiente para alcanzar una paz estable. Ganar la batalla y perder la paz —esa es, hoy, la trampa en la que Washington podría estar cayendo.

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