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“Las reses: Colosales, sagradas… e intocables”

Por Francisco Luciano

Las reses son bestias formidables, casi míticas. En algunas culturas se les rinde culto como a dioses; en otras se las cuida con celo enfermizo para que no falten ni un día en el menú colectivo. Curioso detalle: las hembras, en cualquier raza y en cualquier rincón del planeta, casi nunca terminan en el matadero… a menos que ya no sirvan ni para parir ni para ordeñar. Se las preserva como joya de la corona.

Históricamente han sido el motor de todo: transportaban gente, mercancías y sueños; todavía hoy, en rincones olvidados por la modernidad, siguen jalando el arado cuando el tractor no llega ni en sueños.

Su aporte a la humanidad es totalmente completo. La leche —uno de los alimentos más redondos que existen— se convierte en mantequilla, quesos de mil sabores, yogur cremoso, suero revitalizante y, claro, *boruga* pa’ los que saben de qué hablo. Pero no paran ahí: carne tierna, grasa nutritiva, huesos para alimento de mascotas y hasta botones finos, cuernos tallados en artesanías que parecen joyas, y piel para abrigos, botas, correas… un imperio entero sale de su cuerpo.

Las hembras se reservan para la reproducción y la dulce industria láctea. Los machos, en cambio, van directo al sacrificio… salvo el elegido: el padrote, ese berraco monumental de salud de hierro, tamaño descomunal y testosterona a prueba de balas. En España, los más bravos ni siquiera esperan el hacha: los llevan al ruedo para que los toreros los bailen en una danza mortal llamada corrida.

Entre las razas que imponen respeto:

– Los fieros toros de Lidia españoles, nacidos para el drama y la sangre.
– Los robustos *Red Kandhari* de Maharashtra, India, puros músculos para el trabajo duro.
– Los elegantes Belted Galloway escoceses, con su cinturón blanco y su cara de “no me provoques”.

– Los *Bos taurus*, discretos y abundantes en Asia, especialmente en la China continental.
– Y en América, la reina absoluta: la *Chianina*, italiana de origen, pero gigante adaptada al continente. Toros que pasan los 1.600 kg con facilidad (y alguno ha llegado a récord mundial de casi 1.800 kg), casi dos metros a la cruz y un temperamento que, cuando se enciende, no reconoce alambradas ni tratados internacionales.

Mira nomás estos ejemplares para que te hagas una idea del calibre:

Y hablando de uno en particular… hay un toro Chianina que anda suelto por el mundo en estos tiempos. Muge como trueno, embiste a diestra y siniestra, destroza alambradas ajenas como si fueran papel tisú y reclama territorio —y lo que hay dentro— con la naturalidad de quien sabe que nadie le va a decir que no.

Si le das lo que pide, se va tranquilo. Si no… te lo quita a la brava, te aplasta sin remordimiento y sigue su camino como si nada. Curiosamente, evita enfrentarse de frente con los toros *Bos taurus* más “convencionales”; parece que prefiere no arriesgar un choque directo con alguien que, aunque más pequeño en promedio, cuando lo provocan de verdad… su tamaño y su peso lo convierten en una fuerza prácticamente imparable.

Cualquier parecido con la geopolítica actual —con ese gigante que impone su voluntad, cruza las fronteras sin permiso, amenaza con aplastar a quien se resista y solo retrocede ante ciertos adversarios muy específicos— es, por supuesto, una coincidencia absolutamente inocente… ¿o no?

El autor es docente universitario y dirigente político.

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