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La guerra de Irán afecta a R. D.

Johnny Sánchez

Durante años, Irán ha sido uno de los regímenes más ideológicos y persistentes del mundo contemporáneo.  La historia ofrece demasiados ejemplos de este dilema. Derrocar un gobierno puede ser difícil, pero reconstruir un país después de destruir su estructura política puede ser aún más difícil.

Irak, Afganistán, Libia y Siria son recordatorios recientes de lo que ocurre cuando un régimen colapsa sin que exista un sistema capaz de sustituirlo.

El vacío político puede convertirse en algo más peligroso que el régimen que lo precedía. Irán no es un país pequeño ni una sociedad simple.

Es una civilización antigua de casi noventa millones de habitantes, con una historia que se remonta a miles de años, con una identidad nacional fuerte y con una estructura estatal profundamente enraizada.

Imaginar que un país así pueda transformarse de la noche a la mañana por el efecto de los bombardeos es una ilusión peligrosa.

Las bombas pueden destruir instalaciones militares, pero rara vez crean sistemas políticos nuevos. Por eso muchos observadores comienzan a pensar que la verdadera batalla no será militar. Será económica.

La pregunta decisiva no será quién gana la guerra, sino qué ocurre dentro de Irán cuando los bombardeos se detengan.

Porque la historia demuestra que muchos regímenes no caen por la presión externa, sino por las fracturas internas que se producen cuando la sociedad comienza a exigir cambios que el poder ya no puede controlar.

Ese proceso no ocurre durante la guerra. Ocurre después. Es lo que algunos estrategas llaman “la mañana después del día siguiente”.

El momento en que las élites comienzan a preguntarse si el precio pagado por el conflicto fue demasiado alto. El momento en que los comerciantes miran sus negocios arruinados, los trabajadores miran sus salarios destruidos por la inflación y los ciudadanos comienzan a preguntarse qué futuro les espera.

Mientras tanto, el mundo observa con una mezcla de temor y esperanza. Porque cada guerra contiene dos fuerzas contradictorias: la capacidad de destruir y la posibilidad de transformar.

Y en medio de esa tensión se mueve la historia. En algún lugar del planeta, un soldado sostiene una rosa frente a un tanque, como en esa fotografía que ha recorrido el mundo durante décadas.

Las guerras pueden comenzar con facilidad, como escribió el periodista estadounidense H. L. Meincke, pero detenerlas siempre ha sido una de las tareas más difíciles que enfrenta la humanidad. Y hoy, en las aguas inquietas del Golfo Pérsico y en los cielos tensos del Medio Oriente, esa verdad vuelve a recordarse con toda su gravedad.

Porque empezar una guerra es una decisión. Pero saber cómo terminarla es un arte que la historia rara vez concede a los hombres de poder.

¿Cuál es la solución presidente?

LOS CONCEPTOS EMITIDOS EN ESTE ARTÍCULO SON RESPONSABILIDAD DEL AUTOR

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