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La Historia de un Hombre que Despertó

Por Milton Olivo

Hace mucho tiempo, en el pueblo más antiguo de Quisqueya, Santo Domingo Este, Costa del Faro, entre la avenida España y el Parque Eco turístico del Cachón de la Rubia, vivía un joven llamado Dayson. Era inteligente, trabajador y soñaba con convertirse en el hombre más importante de la isla.

—Cuando todos me admiren, seré feliz —decía mientras contemplaba las nubes.

Un día decidió emprender un viaje para descubrir el secreto de la grandeza. Caminó durante semanas hasta llegar a una colina cerca de Sabana Grande de Boyá, donde crecía un inmenso árbol conocido por todos como el Árbol de la Vida.

Su tronco era tan ancho que diez hombres no podían abrazarlo al mismo tiempo, y sus ramas parecían tocar el cielo. Dayson se sentó bajo su sombra y preguntó:

—Árbol de la Vida, dime cómo puedo convertirme en alguien verdaderamente grande.

El árbol permaneció en silencio durante unos segundos y luego respondió con una voz profunda:

—Antes de responderte, debes visitar a tres maestros.

—¿Quiénes son?

—El Río, la Abeja y la Estrella.

Elías aceptó y emprendió la búsqueda. Primero encontró al río, (el río Yuna) que descendía alegremente desde las montañas.

—Señor Río —preguntó—, ¿cómo puedo ser importante?

El Río soltó una carcajada cristalina.

—Mírame. Jamás me detengo a pensar si soy importante. Mi única preocupación es ser útil. Quito la sed de los pueblos, alimento los cultivos y doy vida a los peces. Si fuera egoísta y guardará toda mi agua para mí, mi existencia no tendría sentido.

Dayson reflexionó mientras seguía su camino. Más adelante encontró a la Abeja trabajando entre las flores.

—Abeja, ¿cuál es el secreto de la grandeza?

La pequeña trabajadora dejó de recoger néctar por un instante.

—Yo no pienso en ser grande. Yo solo cumplo con mi tarea que es polinizar las flores, extraer néctar, y producir miel que alimenta a la colmena, nada más.

Dayson quedó pensativo.

A continuación, miró hacia el cielo, y vio una estrella; enfocó su mirada en ella…

—Estrella —gritó—, todos admiran tu luz. Dime cómo puedo alcanzar la grandeza.

La estrella respondió con dulzura:

—Mi luz no existe para que me admiren. Existe para iluminar la oscuridad. La verdadera grandeza consiste en ayudar a otros a encontrar el camino.

Dayson permaneció en silencio.

Al regresar junto al Árbol de la Vida, creyó haber aprendido la lección. Sin embargo, el árbol le dijo:

—Todavía te falta comprender algo.

De repente una suave brisa movió las hojas del bosque. El árbol señaló hacia el cielo.

—¿Ves esas estrellas?

—Sí.

—Los sabios dicen que los elementos que forman tu cuerpo nacieron hace miles de millones de años en el corazón de antiguas estrellas. Tú, yo, el río, la abeja y todos los seres vivos estamos hechos del mismo polvo estelar.

Dayson abrió los ojos sorprendidos.

—¿Entonces somos parte de la misma familia?

—Exactamente —respondió el árbol—. Por eso la arrogancia carece de sentido. Ningún ser es superior a otro. Todos dependemos de todos.

El joven guardó silencio. Entonces el Árbol de la Vida continuó:

—La evolución humana no consiste en tener más riquezas ni más poder. Consiste en desarrollar compasión, solidaridad, verdad y justicia. Consiste en convertirse en un buen ciudadano, en alguien que cumple su deber, respeta a los demás y protege lo que es de todos.

—¿Y qué hay de la naturaleza? —preguntó Dayson.

—Quien destruye la naturaleza destruye su propio hogar. Los seres humanos deben ser guardianes de los ríos, los bosques, los animales y la tierra. No son dueños del mundo; son sus cuidadores temporales.

Dayson comprendió entonces que había pasado toda su vida persiguiendo la admiración de los demás.

—Ahora entiendo —dijo—. Lo importante no es ser famoso.

—No —respondió el árbol.

—Lo importante no es acumular riquezas.

—Tampoco.

—¿Entonces qué es lo importante?

El Árbol de la Vida sonrió.

—Lo importante es que cuando tu paso por este mundo termine, hayas dejado más amor que odio, más soluciones que problemas, más árboles que basura, más justicia que abusos y más esperanza que desesperación.

Dayson regresó a su pueblo.

Desde ese día ayudó a sus vecinos, protegió los árboles, enseñó a los niños a decir la verdad, defendió el medio ambiente, se dedicó a impulsar el reciclaje, sembraba árboles, practicaba y enseñaba a sembrar alimentos en casa usando las semillas de los productos que consumía en casa, con amor llamaba la atención de los que tiraban basura en las calles o parques, socorrió a los necesitados y trabajó por el bienestar de su comunidad.

Con el tiempo llegó a ser muy querido por todos. Y aunque nunca se convirtió en el hombre más importante de la región, sí se convirtió en el más útil. Y descubrió que esa era una forma mucho más elevada de grandeza.

*El autor es escritor.

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