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La más riesgosa misión periodística

Por Manuel Vólquez

La tarea de un corresponsal de guerra es la fase más riesgosa dentro del periodismo. Algunos reporteros, camarógrafos y fotógrafos (hombres o mujeres) logran sobrevivir cubriendo los escenarios bélicos al lado de las tropas. Otros mueren atrapados en medio de lluvias de balas.

Hay reporteros que antes de llegar a esos escenarios firman contratos de seguro de vida con las agencias y los medios de comunicación. Los beneficiarios directos de esos seguros son los familiares, sobre todo si los asegurados están casados y con hijos. Es que son impredecibles las posibilidades de que sobrevivan en un conflicto bélico.

Otros, los más decididos, trabajan como freelance (un profesional autónomo que ofrece sus servicios o bienes a diferentes empresas o particulares), pero corren igual suerte porque en los campos de batalla, donde existe mucha violencia, los periodistas se enfrentan a un adversario invisible y devastador.

Lo de adversario invisible se explica porque al levantar datos para las crónicas o reportajes que llegan a los medios de prensa, un corresponsal pudiera ser eliminado por disparos intencionales de soldados que los observan como perturbadores e intrusos. Ningún militar tolera que le tomen fotos o videos mientras, por ejemplo, acribillan a personas inocentes o desvalijan, sustraen, las pertenencias valiosas de las víctimas.

Al momento de escribir este artículo, más de 190 periodistas han sido asesinados a manos de tropas israelíes desde el comienzo de la desavenencia entre Israel y la Franja de Gaza, según el Comité para la Protección de los Periodistas. Al menos, 180 de ellos (94.7%) son palestinos, vistos por Israel como sus adversarios.

Los últimos ataques con drones fueron perpetrados el 25 de agosto de 2025 contra un hospital matando a 20 personas, entre estos cinco informadores públicos. Periodistas, pacientes, enfermeras, personal de la Defensa Civil, estaban en el recinto de salud cuando explosionaron parte del edificio.

Uno de los fallecidos era una reportera de 33 años que trabajaba como freelance o periodista independiente para la agencia AP. Horas antes de perecer redactó su testamento, pidiendo a los colegas que no lloraran en su funeral y a su hijo, de 13 años, Ghaith, le dijo en una carta: «Hazme sentir orgullosa… alcanza el éxito y brilla».

Como era de esperarse, la oficina del primer ministro Benjamin Netanyahu dijo que Israel «lamentaba profundamente el trágico accidente”, que «valora el trabajo de los periodistas, el personal médico y todos los civiles» y está llevando a cabo una «investigación exhaustiva».

Es el colmo del descaro. Ese es el perfil de los líderes que tienen la percepción de que los habitan este planeta deben creer sus mentiras basadas en la pos-verdad, un pervertido concepto que distorsiona de forma deliberada una realidad, manipula creencias y emociones, con el fin de influir en la opinión pública.

Situaciones similares se han dado en el conflicto entre Rusia y Ucrania. El 6 de junio 2022 se reportó que 32 periodistas fallecieron mientras cubrían las hostilidades, iniciadas el 24 de febrero. El 16 de marzo de ese año, una periodista ucraniana y un camarógrafo perecieron después de que fuera tiroteado el vehículo en el que se movilizaban en Horenka, en las afueras de Kiev. La lista es extensa. El 1 de julio, ocho periodistas y foto-reporteros corrieron igual destino. El 26 de marzo de 2025, falleció una joven corresponsal de guerra rusa, en la explosión de mina. Tenía 35 años.

Son estadísticas escalofriantes de esa realidad. Informes publicados por la Unesco revelan que el año 2023 fue letal para los periodistas que trabajan en las zonas de contiendas bélicas. De 65 asesinados ese año, 38 se encontraban trabajando en zonas de guerra, en contraste con los 88 caídos en el 2022 y veinte de 2021. La mayoría de las muertes ocurrieron en Oriente Medio (aún siguen sucediendo).

Una investigación del Proyecto de Costos de la Guerra realizada por el Instituto Watson de Asuntos Internacionales y Públicos, publicado el 3 de abril de 2025, muestra que las embestidas israelíes en la guerra de Gaza, hasta ahora, se han cobrado la vida de 232 periodistas, un promedio de 13 personas por semana.

El número de informadores públicos que han perdido la vida en la refriega supera al total de muertos de esta profesión durante las dos guerras mundiales, la de Vietnam, las contiendas de Yugoslavia y el enfrentamiento de Estados Unidos en Afganistán.

La verdad es que se ha convertido en una tragedia el hostigamiento a los comunicadores sociales, en tiempo de paz y guerra. Lo triste del caso es que esos crímenes quedan impunes. ¿Nos sentiremos seguros algún día en un escenario de guerra?

Algunos periodistas sobrevivientes han contado sus experiencias escribiendo novelas y crónicas famosas, como el norteamericano Ernest Hemingway (uno de mis escritores favoritos), quien fuera corresponsal de guerra en la cobertura de combates de la I y II Guerra Mundial, además de la Guerra Civil Española.

Parte de esa escena la narra en la novela “Adiós a las armas”, una historia de amor entre un soldado joven e idealista con una enfermera en la Italia de la Primera Guerra Mundial. Ejerció como conductor voluntario de ambulancias en el ejército italiano y fue herido en las piernas.

El 2 de julio de 1961, el creador de joyas literarias como “El viejo y el mar”, “Por quién doblan las campanas”, “El jardín del Edén” y “Muerte en la tarde”, se voló la cabeza con una escopeta sentado en la sala de su casa en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.

La exposición constante a situaciones extremas, la violencia gráfica y la sensación de estar constantemente en peligro, tienen un impacto profundo en la salud mental de los corresponsales de guerra, explican algunas investigaciones. Estos valientes profesionales pueden experimentar síntomas como ansiedad, insomnio y recuerdos incómodos de las secuencias de imágenes tomadas, factores que pudieran incitarlos al suicidio.

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