

Por Alberto Quezada
Las sociedades no se derrumban de un día para otro. Primero se degrada el lenguaje; después se empobrece el pensamiento y, finalmente, la vulgaridad termina ocupando el lugar de la inteligencia.
Ese proceso ocurre sin estruendo, disfrazado de entretenimiento y vendido como libertad. Cuando el tigueraje sustituye al argumento y el insulto desplaza a la razón, la opinión pública deja de ser un instrumento de la democracia para convertirse en un mercado donde triunfan el ruido, la ignorancia y la frivolidad.
No es casualidad. La industria del espectáculo descubrió hace tiempo que el pensamiento no siempre genera clics, mientras que la estridencia produce ganancias inmediatas. Así, el comentarista fue reemplazado por el provocador; el analista, por el improvisador; y el periodista, demasiadas veces, por el animador del escándalo.
El resultado es una opinión pública intoxicada. Se discute poco y se vocifera mucho.
La evidencia perdió terreno frente a la ocurrencia. La razón fue expulsada por la emoción instantánea. La mentira circula con más rapidez que la verdad, y la mediocridad se ha instalado con una insolencia que ya ni siquiera intenta disimular.
Lo más peligroso es que esta degradación ha comenzado a verse como algo normal. Se celebra la insolencia como valentía, la chabacanería como sinceridad y la ineptitud como si fuera una virtud popular.
Es la consagración del antiintelectualismo: pensar demasiado parece sospechoso, mientras la ignorancia militante recibe micrófonos, cámaras y ovaciones.
Entretanto, el mundo discute innovación, inteligencia artificial, productividad y educación. Nosotros seguimos atrapados en el campeonato nacional del exabrupto. Competimos por el mejor insulto mientras otros compiten por el conocimiento.
Una democracia no muere únicamente cuando se cierran periódicos o se censura la prensa. También agoniza cuando la conversación pública es secuestrada por la vulgaridad y el talento cede el paso al espectáculo. Entonces la opinión deja de iluminar y comienza a embrutecer.
El verdadero peligro no es que existan voces vulgares. El peligro es que terminemos creyendo que representan la voz del país. Porque cuando el tigueraje ocupa el lugar de las ideas, ya no estamos frente a una crisis de los medios. Estamos frente a una crisis de la sociedad.
El autor es periodista y magíster en derecho y relaciones internacionales.
Reside en Santo Domingo.quezada.alberto218@gmail.com



