

Por Néstor Estévez
Abril trae consigo, en República Dominicana, dos fechas que invitan a mucho más que celebración protocolar: el Día del Periodista y el Día del Locutor. Son ocasiones oportunas para felicitar, sí, pero sobre todo para detenerse. Detenerse a pensar qué significa hoy ejercer la palabra pública en una época marcada por la inteligencia artificial, las plataformas digitales y la automatización creciente de los contenidos.
La pregunta ya no es solo cómo adaptarse a la tecnología. La verdadera pregunta es otra: ¿para qué estamos comunicando? En medio de un ecosistema saturado de mensajes, donde cada segundo compite por atención, el periodismo, la locución y la comunicación en sentido amplio enfrentan una exigencia mayor que la de dominar herramientas. Lo que está en juego es la capacidad de orientar, interpretar y agregar valor social desde el oficio.
Durante mucho tiempo, pertenecer a un medio reconocido bastaba para sostener una cuota de legitimidad. Pero esa etapa se ha ido diluyendo, y ya casi no existe. La multiplicación de voces y la lógica algorítmica han alterado el mapa de la autoridad pública. Cualquiera emite, cualquiera opina, cualquiera difunde. Pero no cualquiera comunica con responsabilidad, con contexto y con conciencia del efecto que produce en la vida colectiva.
Ahí está, precisamente, el desafío de este abril conmemorativo. Periodistas, locutores, productores, panelistas, comentaristas, conductores y creadores de contenido necesitamos hacer una pausa crítica. No para intimidarnos ante la IA, no para lamentar lo que cambió, sino para revisar qué valor real estamos aportando.
Porque la diferencia profesional ya no descansa únicamente en una buena dicción, en una voz agradable, en la rapidez para publicar o en la destreza frente a una cámara. Ahora nuestras oportunidades deben estar vinculadas con el criterio.
Algunos referentes
Ortega y Gasset advierte que la técnica, por sí sola, no resuelve el sentido de la existencia. Tener medios no equivale a tener dirección. En comunicación ocurre exactamente eso. Hoy existen más recursos que nunca para producir, editar, emitir, grabar, distribuir y viralizar. Pero si no hay una intención clara, una responsabilidad ética y un proyecto comunicacional con sentido público, todo ese despliegue termina sumándose al ruido.
Harari, desde otra perspectiva, recuerda que las sociedades se sostienen sobre relatos compartidos, sobre marcos de interpretación que hacen posible la convivencia. Ahí el papel del comunicador sigue siendo decisivo. No se trata solo de decir lo que pasa, sino de ayudar a entenderlo. No basta con repetir datos, amplificar escándalos o perseguir tendencias. Hace falta ofrecer contexto, jerarquizar lo importante, distinguir lo verdadero de lo engañoso y aportar serenidad donde otros solo inyectan ansiedad.
Toffler también ayuda a comprender esta transición. La comunicación de la era industrial era más centralizada; la de hoy es fragmentada, vertiginosa y dispersa. La audiencia dejó de ser cautiva. El prestigio dejó de venir garantizado por la plataforma. La confianza, ahora, se construye día a día. Y esa confianza no nace del volumen, sino de la coherencia; no surge del protagonismo, sino del servicio.
Comunicar con criterio
Por eso, en este mes de abril, la invitación es a recuperar la conciencia del oficio. A preguntarnos si cada intervención informa o confunde; si cada comentario orienta o intoxica; si cada espacio fortalece ciudadanía o solo alimenta vanidad, confrontación y superficialidad. Comunicar no es llenar minutos ni ocupar pantallas. Comunicar es asumir una responsabilidad con la inteligencia pública y con la salud democrática de la comunidad.
Una voz profesional agrega valor cuando educa, cuando previene, cuando explica, cuando eleva la conversación pública y cuando conecta a la gente con sus problemas reales y sus posibles soluciones. Agrega valor cuando sirve de puente entre conocimiento y ciudadanía, entre territorio e identidad, entre conflicto y convivencia. En tiempos de automatización, esa capacidad humana de mediación ética e interpretativa puede convertirse en el rasgo más valioso del periodismo y la locución.
Celebremos, entonces, pero sin evasiones. Que el Día del Periodista y el Día del Locutor no sean solo fechas para reconocimientos, placas y saludos en cabina. Que sean también una llamada a la reflexión profunda. Porque en una época donde abundan las voces, lo verdaderamente escaso es la orientación con sentido. Y ahí sigue estando, todavía, la grandeza de estos oficios.
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