GlobalOpinión

Hombres para la Vida, no para la Violencia

Por Milton Olivo

Cuento sobre la transformación de la masculinidad. En un barrio de Santo Domingo Este, llamado Villa Duarte, la gente decía que los hombres nacían «duros». Desde pequeños, a los niños les repetían frases como:
—»Los hombres no lloran.»
—»El hombre manda.»
—»Si una mujer te deja, búscate otra… o haz que vuelva.»

Así crecieron generaciones enteras. Entre aquellos muchachos estaba Daniel, hijo de un chofer público y de una mujer humilde que vendía empanadas frente a la escuela. Daniel había aprendido que ser hombre era hablar fuerte, no mostrar sentimientos y resolver los problemas «a la mala».

Cuando tenía diez años vio a su padre romper una mesa de un golpe porque la comida estaba fría. Su madre lloró en silencio. Nadie dijo nada. Aquella noche, el padre le dijo: —»Mijo, un hombre tiene que darse a respetar.» Y Daniel creyó que eso era verdad.

Pasaron los años. Daniel se convirtió en un joven trabajador, pero llevaba dentro una rabia silenciosa. Amaba a su novia, Laura, pero confundía amor con control. Le revisaba el teléfono, le prohibía salir con amigas y se molestaba si ella no respondía rápido los mensajes.

Laura le decía:

—»Eso no es amor, Daniel.» Pero él no entendía.

Una tarde, después de una discusión, Laura decidió terminar la relación. Daniel sintió que el mundo se le caía encima. No sabía manejar el rechazo. Le temblaban las manos, sentía fuego en la cabeza y una voz oscura le repetía:

—»Si no es tuya, no será de nadie.»

Aquella frase había vivido escondida en su mente desde niño. Esa noche caminó lleno de furia por las calles del barrio. Mientras avanzaba, escuchó música y voces en el centro comunal. Un letrero decía: «HOMBRES PARA LA VIDA». Programa de transformación masculina. Daniel entró casi por curiosidad.

Dentro había hombres de todas las edades: choferes, policías, motoconchistas, estudiantes, pastores, deportistas. Algunos lloraban mientras hablaban de sus vidas. Aquello le pareció extraño.

Un psicólogo llamado Don Ernesto hablaba frente al grupo: —»Nos enseñaron a ser duros, pero no a ser humanos. Nos enseñaron a dominar, pero no a dialogar. Nos enseñaron a golpear paredes, pero no a sanar heridas.» Daniel sintió algo raro en el pecho.

Por primera vez escuchó a un hombre decir:

—»Yo casi mato a mi esposa porque no sabía controlar mi ira.»

Otro confesó: —»Mi padre me golpeaba y yo terminé haciendo lo mismo.»

Y uno más dijo entre lágrimas: —»Nunca me permitieron llorar.»

Daniel bajó la cabeza. Durante meses siguió asistiendo. Aprendió que:
– La verdadera fuerza está en controlar la ira;
– Que una mujer no es propiedad de nadie;
– Que los hombres también sufren;
– Que pedir ayuda no es debilidad;
– Y que amar no es poseer.

En aquellos encuentros hablaban de emociones, de respeto, de paternidad responsable y de cómo romper el ciclo de violencia que pasaba de generación en generación. También hacían deportes, trabajos comunitarios y visitas a escuelas para orientar a jóvenes.

Poco a poco Daniel cambió. Un día buscó a Laura. Ella sintió miedo al verlo acercarse, pero Daniel habló distinto:

—»No vine a obligarte a volver. Vine a pedirte perdón.» Laura lo miró sorprendida.

—»Entendí que quería controlarte porque tenía miedo. Pero el amor no puede construirse con miedo.»

Por primera vez en su vida, Daniel lloró. Y aquellas lágrimas no lo hicieron menos hombre. Lo hicieron más humano. Con el tiempo, Daniel se convirtió en orientador del programa «Hombres para la Vida».

Visitaba escuelas, clubes deportivos e iglesias hablando con muchachos jóvenes. Les decía:

—»Ser hombre no es gritar más fuerte.»
—»Ser hombre no es controlar.»
—»Ser hombre no es golpear.»
—»Ser hombre es proteger.»
—»Es construir.»
—»Es cuidar.»
—»Es saber amar.»

El programa comenzó a crecer por todo el país. En las escuelas enseñaban manejo de emociones. En la televisión aparecían campañas diciendo: «Controlar la ira es valentía.» «El respeto también es masculinidad.» «La violencia no te hace fuerte.»

Las iglesias comenzaron grupos de orientación masculina. Los clubes deportivos enseñaban disciplina emocional. Los padres empezaron a abrazar más a sus hijos. Y muchos hombres buscaron ayuda psicológica antes de explotar en violencia.

Poco a poco, algo comenzó a cambiar en la sociedad. Porque la lucha contra los feminicidios no se ganó solamente con cárceles. Se ganó cuando miles de hombres comprendieron que: la mujer no era una propiedad, que el amor no era dominio, y que la masculinidad verdadera no destruye. Construye. Protege.

Y… deja vida donde antes había dolor.

*El autor es escritor, autor de 5 libros. Articulador de propuestas de desarrollo estratégico. Su visión integra producción nacional, tecnología, seguridad y economía circular como ejes para una República Dominicana más fuerte, independiente y soberana; una Quisqueya potencia.

Compartir:

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Translate »
Enable Notifications OK No thanks