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Occidente, Irán y la crisis del orden que quiso dominar al mundo

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza

La arrogancia de imponer modelos

La política internacional atraviesa una crisis de fondo —las potencias hegemónicas ya no consiguen imponer su visión del mundo con la misma facilidad de antes—. Y sin embargo persisten en el error de creer que su modelo político, su modelo económico y su modelo cultural son universales. Esa pretensión ha llevado a intervenir, a sancionar y a demonizar países enteros sin comprender su historia, sus contradicciones internas ni sus propias formas de gobernanza.

Irán como enemigo útil

En una entrevista reciente entre Glenn Diesen y Seyed Mohammad Marandi, exasesor del equipo negociador nuclear de Irán, quedó claro que Teherán ve la nueva ofensiva de Washington como lo que es: una guerra de asfixia económica. Marandi sostuvo que Estados Unidos no sigue una estrategia coherente, sino que avanza a golpes de improvisación y de cambios constantes. Esa lectura importa porque revela algo más que una disputa bilateral —revela la confusión de una potencia que ya no logra dominar con certeza—.

Durante décadas, Irán ha sido presentado ante la opinión pública occidental como el gran «villano» de Medio Oriente. Esa demonización ha servido para justificar sanciones, aislamiento y presión militar indirecta. Pero el problema es más profundo: el relato dominante no tolera que un país desafíe el orden impuesto desde afuera y, además, conserve su propio proyecto político.

El sesgo del discurso occidental

Occidente habla de democracia, habla de derechos humanos, habla de valores universales —pero actúa, casi siempre, bajo una lógica selectiva—. Apoya a unos gobiernos, condena a otros y reparte etiquetas morales según su conveniencia estratégica. Por eso Cuba, Venezuela, Corea del Norte, China e Irán terminan colocados en la misma categoría del «mal», aunque cada uno tenga realidades absolutamente distintas.

No se trata de idealizar a ninguno de esos países. Se trata de reconocer que la política internacional no funciona con manuales universales ni con sermones ideológicos. Imponer democracia por decreto, sin entender la idiosincrasia de cada sociedad, ha sido uno de los grandes fracasos de los imperios modernos.

Fukuyama y el error del «fin de la historia»

La teoría de Francis Fukuyama sobre el «fin de la historia» también quedó desbordada por los hechos. La idea de que la democracia liberal sería el destino natural e inevitable de toda la humanidad se ha derrumbado ante una realidad mucho más compleja. La historia no terminó —regresó con guerras, con sanciones, con rivalidades entre potencias y con una multipolaridad cada vez más evidente—.

El mundo ya no gira cómodamente alrededor de un solo centro de poder. Y ese cambio genera ansiedad en Occidente, que responde como sabe responder: con más presión, más propaganda y más conflicto.

Ormuz, Omán y la guerra regional

La entrevista también ayuda a entender que el conflicto con Irán no se limita a las sanciones. El estrecho de Ormuz sigue siendo una pieza estratégica fundamental, porque por allí circula una parte clave del comercio energético mundial. Omán aparece como actor relevante en cualquier ecuación de mediación o seguridad marítima, mientras los hutíes siguen actuando como factor de presión sobre rutas e infraestructuras del Golfo.

Todo esto confirma que la crisis ya no es bilateral. Es una red de tensiones conectadas donde la energía, el comercio y la seguridad se cruzan de manera peligrosa.

Ucrania y el desgaste interno

En Ucrania ocurre otra cosa, pero con una lógica parecida —la guerra también desnuda fracturas internas—. La petición de elecciones por parte del exministro de Defensa, y la respuesta de Zelenski, muestran que la legitimidad política se erosiona cuando un conflicto se prolonga demasiado. A eso se suman los registros de la NABU, que confirman que la corrupción sigue golpeando muy cerca del poder.

La guerra no borra las tensiones internas. Muchas veces las agrava.

Un mundo más cerca del choque

Hablar de una tercera guerra mundial exige prudencia. El peligro no es solo una guerra global declarada, sino una cadena de escaladas entre conflictos distintos: Ucrania, Medio Oriente, el mar Rojo, Ormuz y la disputa entre grandes potencias. El sistema internacional está más inestable porque demasiados actores usan las sanciones, la coerción y las amenazas como instrumentos normales de política.

El mundo que ya no obedece

La gran lección es incómoda —el orden hegemónico está en crisis porque quiso gobernar al mundo desde la superioridad moral y terminó multiplicando los conflictos—. Cuando una potencia cree que su modelo es el único válido, deja de comprender al resto y abre la puerta a más resistencia, más polarización y más guerra.

El problema no es que existan países que piensen distinto. El problema es que todavía hay potencias que no aceptan que el mundo ya cambió.

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