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El presupuesto que nunca bajó al barrio

Por Milton Olivo*

Cada vez que el Gobierno anunciaba una gran obra, don Julián sacaba su vieja radio a la galería y subía el volumen.

—¡El país avanza! —decía el locutor con entusiasmo—. Una nueva autopista, un moderno edificio y otra gran infraestructura cambiarán el futuro de la nación.

Don Julián escuchaba en silencio. Después miraba la calle de su barrio: oscura, llena de hoyos y con una cañada desbordada cada vez que llovía.

—Parece que el futuro sabe viajar por autopista —murmuraba—, pero todavía no encuentra el camino para llegar hasta aquí.

En el barrio La Esperanza, el progreso siempre aparecía en la televisión, pero nunca doblaba la esquina. Allí vivía doña Mercedes, quien todas las noches esperaba a su hijo Samuel frente a la puerta. El joven regresaba tarde de sus estudios y debía caminar varias cuadras alumbrándose con la pantalla del teléfono.

—Algún día colocarán las lámparas —le decía ella.

Samuel sonreía para tranquilizarla, aunque ambos sabían que llevaban años escuchando la misma promesa. Cerca de su casa había un parque abandonado. Los bancos estaban destruidos, la verja oxidada y la cancha se había convertido en estacionamiento improvisado. Más abajo, una cañada arrastraba botellas, fundas plásticas y desperdicios. Cuando llegaban las lluvias, el agua entraba en algunas viviendas.

Los problemas de La Esperanza parecían pequeños: una lámpara, un imbornal, un parque, una acera, unos metros de contenes. Ninguno tenía tamaño suficiente para convertirse en un gran titular. Sin embargo, juntos hacían más difícil la vida de toda la comunidad. Una tarde, los vecinos se reunieron en la escuela del sector. Habían invitado a Rafael, un técnico del ayuntamiento que conocía cada rincón del municipio.

Doña Mercedes fue la primera en hablar:

—Necesitamos iluminar la calle antes de que ocurra una desgracia.

—Y limpiar la cañada —agregó don Julián—. La última lluvia casi se lleva mi cocina.

Una joven levantó la mano.

—También necesitamos recuperar la cancha. Nuestros muchachos no tienen dónde practicar deportes.

Rafael escuchó todas las solicitudes. Luego abrió una carpeta llena de papeles, respiró profundamente y dijo:

—El ayuntamiento conoce esos problemas. Tenemos los proyectos preparados, pero no contamos con recursos suficientes para ejecutarlos todos.

El salón quedó en silencio.

—¿Cómo puede no haber dinero? —preguntó Samuel—. Todos los días anuncian obras de miles de millones.

—El dinero existe —respondió Rafael—, pero se queda arriba.

Entonces tomó una tiza y dibujó una montaña en la pizarra. En la cima escribió: “Presupuesto nacional”. Más abajo colocó los ministerios. Al pie de la montaña dibujó los municipios y sus barrios.

—La mayor parte de los recursos se administra desde la cima —explicó—. Desde allí se observan las grandes carreteras, los hospitales, las presas y los edificios. Son obras importantes y necesarias. Pero desde tan lejos resulta difícil ver una lámpara apagada, una cañada sucia o una cancha abandonada.

—Entonces, nuestro problema es que somos demasiado pequeños —dijo doña Mercedes.

—No —respondió Rafael—. El problema es que el presupuesto no baja hasta donde vive la gente.

Don Julián se levantó lentamente.

—¿Y no existe una ley para eso?

El técnico buscó un documento dentro de su carpeta.

—Sí. La Ley núm. 166-03 dispuso que los ayuntamientos recibieran el 10 % de los recursos establecidos por esa legislación. Pero esa asignación nunca se ha cumplido plenamente.

Samuel contempló la montaña dibujada en la pizarra.

—O sea, que la ley mandó construir un camino para que los recursos bajaran, pero dejaron el camino incompleto.

Nadie respondió. No hacía falta.

Aquella noche comenzó a llover. En pocos minutos, la cañada se desbordó. Los vecinos salieron con cubetas, palas y escobas. Unos levantaban los muebles; otros ayudaban a los niños y ancianos. Doña Mercedes observó cómo el agua entraba en la casa de don Julián.

A muchos kilómetros de allí, las luces de las grandes avenidas iluminaban la ciudad. En La Esperanza, los residentes combatían la inundación bajo la oscuridad. A la mañana siguiente, el barrio parecía derrotado. Colchones mojados, muebles destruidos y montones de basura cubrían las calles.

—Dicen que fue una pequeña inundación —comentó Samuel.

Don Julián miró su cocina y respondió:

—Para quien la observa desde lejos, todo sufrimiento parece pequeño.

La frase recorrió la comunidad. Los vecinos comprendieron que no bastaba con pedir favores aislados. Decidieron organizarse para exigir planificación, participación y cumplimiento de la ley. No querían enfrentar al Gobierno central con los gobiernos municipales. Sabían que el país necesitaba autopistas, hospitales, escuelas y grandes proyectos. Pero también comprendían que ninguna nación podía considerarse plenamente desarrollada mientras sus comunidades permanecieran oscuras, inundadas y abandonadas.

Meses después, el Ayuntamiento consiguió recursos para intervenir La Esperanza. Limpiaron la cañada, construyeron varios imbornales, instalaron lámparas y rehabilitaron el parque. La primera noche en que encendieron las luces, doña Mercedes se sentó frente a su casa. Los niños jugaban en la cancha y los adultos conversaban en las aceras.

No era una obra monumental. No hubo una gran ceremonia ni apareció en todos los periódicos. Pero aquella iluminación cambió la vida del barrio. Samuel regresó de estudiar sin utilizar la luz del teléfono. Al llegar, encontró a su madre esperándolo.

—Ahora sí llegó el desarrollo —le dijo ella.

—No, mamá —respondió el joven mientras contemplaba la calle iluminada—. El desarrollo siempre estuvo arriba. Lo que hicimos fue obligarlo a bajar.

Don Julián volvió a colocar su radio en la galería. El locutor anunciaba la inauguración de otro megaproyecto. Esta vez, el anciano sonrió. Había comprendido que una gran obra podía cambiar una región, pero miles de pequeñas soluciones podían transformar la vida cotidiana de millones de personas.

El verdadero progreso no se mide solamente por lo que se levanta en las grandes avenidas. Se mide por la seguridad de una madre, la tranquilidad de una familia y la esperanza de un joven en el lugar donde vive.

Porque cuando el presupuesto se concentra, el desarrollo se distancia. Cuando los recursos llegan a los municipios, las soluciones llegan a las personas. Cumplir la ley y fortalecer los ayuntamientos no significa debilitar al Estado. Significa hacer que el Estado funcione allí donde más se necesita.

Ese es el cambio: que el desarrollo baje de las oficinas, recorra los municipios y llegue hasta la puerta de cada ciudadano.

*El autor es escritor, novelista, político y activista social por una Quisqueya potencia.

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