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Cuando 2 mudos políticos se entienden

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Roberto Rímoli

(Periodista y Psicólogo Investigador)

El mutismo político de Danilo Medina y Gonzalo Castillo no es una táctica inocente ni una muestra de discreción estratégica. Es la expresión descarnada de una inseguridad profunda que se disfraza de cálculo. Cuando el lenguaje y las ideas flaquean, el silencio se convierte en el último refugio de quienes temen ser desnudados ante la opinión pública. No hay grandeza en ese callar: hay miedo, hay debilidad y hay una negativa deliberada a asumir el riesgo de la palabra.

En el plano individual, este mutismo opera como un mecanismo de defensa patológico. La evitació no es prudencia; es ansiedad anticipatoria convertida en método. Ambos saben —aunque nunca lo admitan— que su capacidad verbal y conceptual no resiste un contraste exigente. Preferir el silencio es proteger un ego frágil de la herida narcisista que provocaría quedar en evidencia. El debate los aterroriza porque los confrontaría con su propia mediocridad discursiva. Mejor controlar el escenario desde mítines prefabricados y visitas sorpresa que arriesgarse a que la audiencia descubra lo evidente: que no tienen mucho que decir y que lo poco que digan no resiste análisis.

La identificación entre el mentor (Danilo) y el discípulo (Castillo) agrava el problema. Medina no reconoce en Castillo el espejo de sus propias limitaciones oratorias y, lejos de exigirle superación, le transmite la misma cobardía. Al respaldar la evasión del debate, no solo protege al candidato: se protege a sí mismo de reabrir su propia herida. Es una complicidad de mediocres. Ambos se entienden porque comparten el mismo defecto y porque ambos han decidido convertirlo en virtud política. El ‘mudo mayor’ valida al ‘mudo’ menor y juntos consolidan una cultura de silencio que desprecia el pensamiento y eleva la opacidad.

Este mutismo genera en la sociedad una imagen profundamente negativa: la de dirigentes opacos, temerosos y carentes de sustancia. El ciudadano no interpreta ese silencio como autoridad contenida, sino como evasión, como algo que se oculta. La figura del líder que se niega a debatir deja de inspirar respeto y promueve indirectamente desconfianza. Se percibe no como alguien discreto, sino como alguien que huye de la rendición de cuentas porque sabe que carece de respuestas. Esa imagen de debilidad intelectual y moral se sedimenta y convierte a Medina y Castillo en símbolos de una política que teme a las ideas.

El temor que producen es todavía más grave. La sociedad no solo desconfía; siente inquietud real ante la posibilidad de que personas tan limitadas en el discurso y en la argumentación manejen el poder del Estado. Si no son capaces de sostener un intercambio público de altura, ¿cómo enfrentarán crisis complejas, negociaciones difíciles o la defensa de políticas ante una ciudadanía crítica? Ese silencio genera ansiedad colectiva: el miedo a que el país quede en manos de quienes prefieren no hablar porque no tienen nada sólido que ofrecer. La imagen del líder callado deja de transmitir fuerza y empieza a transmitir vulnerabilidad institucional y burlas, como cuando en una oportunidad esbozó un chiste inverso al respecto: ¿Cómo se llama la esposa de Medina? Alguien respondió: – ‘La mujer del Callao’, haciendo referencia a una vieja canción de Carlos Santana.

Así, el mutismo deja de ser un asunto personal o partidario y se transforma en daño directo al presidente o candidato. Por demás, ese silencio no es neutral, sino una forma de empobrecer el espacio público, de normalizar la mediocridad y de enseñar que en política es más seguro callar que pensar.

Cuando dos mudos políticos se entienden, lo que realmente razonan es el miedo compartido a ser escuchados de verdad… Y el desprecio por una sociedad a la que le niegan el derecho de interrogarlos.

La retórica del silencio político no es ausencia de discurso: es un discurso en sí mismo. Cuando un dirigente elige callar en el momento en que se espera que hable —especialmente en un debate—, ese silencio se convierte en un acto comunicativo cargado de significado.

En el caso de los personajes que examinamos, el mutismo deliberado funciona como una estrategia retórica que busca proyectar control, proteger debilidades y redefinir las reglas del juego político a su favor.

En términos retóricos clásicos, el silencio opera como una forma de ALOQUENTIA negativa. Donde la palabra tradicionalmente persuade, informa o confronta, el silencio evade, niega o desautoriza. Al negarse a debatir, el político no solo evita el riesgo de quedar expuesto; también envía un mensaje implícito: ‘Yo no necesito justificar mis ideas ante ti’. Ese gesto pretende elevar al emisor por encima del adversario y del público, transformando la ausencia de argumentos en una afirmación de superioridad. Sin embargo, cuando el silencio se repite de manera sistemática, la interpretación social suele invertirse: lo que se proyectaba como fuerza termina leyéndose como miedo, opacidad o incapacidad.

Desde el punto de vista de la teoría de la comunicación política, el silencio puede clasificarse en varias funciones retóricas. Existe el silencio estratégico (que se utiliza para no alimentar un escándalo o mantener la iniciativa), el silencio de poder (que se impone desde una posición de dominio para no legitimar al oponente) y el silencio defensivo (el que protege una carencia real de argumentos o de destreza verbal).

En Medina y Castillo predomina claramente el tercero. Su mutismo no nace de una posición de fuerza consolidada, sino de la necesidad de resguardar un ego político frágil y un discurso que no resiste el contraste. La retórica del silencio, en este caso, es una retórica de la supervivencia.

El silencio político también altera la relación con la audiencia. En una democracia deliberativa, el ciudadano espera que el líder se someta al escrutinio público. Cuando ese escrutinio es eludido, se produce un vacío semiótico que el público llena con sus propias interpretaciones, casi siempre negativas. El silencio deja de ser neutral, genera una imagen de lejanía y de rechazo al diálogo, y convierte al dirigente en una figura inalcanzable.

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