

Por José M. Reyes Taveras
Mientras un frágil alto al fuego abre una pausa en la guerra entre Irán e Israel (con la participación decisiva de Estados Unidos) emerge una pregunta más antigua que el conflicto mismo:
¿Qué puede enseñarle la humildad de civilizaciones largas al poder de los imperios jóvenes?
Pero incluso esta pausa nace bajo amenaza.
Sobre ella gravita todavía la posibilidad de una escalada mayor alimentada por la recurrente advertencia de un Irán nuclear, una alarma que Benjamin Netanyahu ha repetido con la disciplina de un profeta durante tres décadas, hasta el punto de que a veces no queda del todo claro, entre la ironía y la inquietud, quién influye a quién.
Ese eco no solo ronda la guerra.
También ronda el alto al fuego.
Y recuerda cuán frágil puede ser toda paz sostenida por la lógica de amenazas futuras.
En esa pausa incierta he pensado en otro intercambio, menos bélico, pero profundamente simbólico: la tensión moral entre papa Leo XIV, primer papa estadounidense de la historia, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Más allá de la coyuntura, el momento parece representar algo más profundo.
No solo un desacuerdo político.
Quizás un diálogo o un choque entre dos formas de poder.
Por un lado, el poder del imperio contemporáneo:
tecnología, fuerza militar, supremacía estratégica.
Por otro, la autoridad moral de una institución nacida de los restos del Imperio Romano, sobreviviente por dos mil años:
la memoria de un imperio extinto que, sin legiones, aún conserva influencia.
Dos visiones del poder
En abril de 2026, llamando a contener la escalada, papa Leo XIV pidió:
“La paz se construye con justicia, diálogo y el valor de deponer las armas.”
La respuesta de Donald Trump fue menos estratégica que visceral:
“El Papa León es débil frente al crimen, terrible en política exterior… debería concentrarse en ser un gran papa, no un político.”
Dos frases.
Dos universos.
Uno reacciona desde la lógica del poder herido.
El otro habla desde una tradición que sospecha de toda guerra presentada como inevitable.
No son solo posiciones sobre Irán.
Son filosofías.
Y resulta extraordinario ver a dos estadounidenses encarnándolas:
uno desde el centro del poder imperial moderno; el otro desde Roma, portavoz de una tradición mucho más antigua que la nación que ambos comparten.
El imperio joven y la civilización larga
Estados Unidos representa quizá el poder tecnológico más formidable que la humanidad ha conocido.
Pero el catolicismo representa otra cosa:
la humildad aprendida tras siglos de errores, guerras, culpa, renacimiento y supervivencia.
Uno mide poder por capacidad.
El otro también por memoria.
Hay una diferencia.
El primero confía en dominar.
El segundo sospecha de toda pretensión absoluta de dominio.
Y esa sospecha no nace de debilidad.
Nace de haber vivido mucho.
La experiencia del papa
La trayectoria de papa Leo XIV marcada también por sus años en Perú, añade otra capa.
Allí conoció de cerca la pobreza estructural.
La exclusión.
La dignidad de pueblos históricamente marginados.
Esa experiencia parece recordar una verdad incómoda:
una civilización no se mide solo por lo que inventa.
También por cómo trata a los vulnerables.
Y esa es una medida menos cómoda para los imperios.
La verdadera disputa
Quizá la verdadera tensión es otra.
Entre dos formas de poder.
La que cree saber porque domina.
Y la que duda porque ha vivido.
En un mundo que mide grandeza por superioridad tecnológica, tal vez no vendría mal escuchar a una civilización antigua recordarnos que la sabiduría empieza precisamente cuando el poder reconoce sus límites.
Quizá los imperios jóvenes creen que la historia empieza con su poder; las civilizaciones largas saben que el poder pasa, y solo la sabiduría permanece.
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