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¡Cuando los muertos del Jet Set estremecen el cielo!

Por Roberto Valenzuela

No somos expertos en fenómenos paranormales, ni en los misterios del más allá, ni en ese insondable destino al que van los muertos. No sabemos si pueden comunicarse, si de-jan señales… o si, en su silencio eterno, aún encuentran la forma de hacerse sentir. Pero lo ocurrido… ¡es imposible de ignorar!

Justo cuando se cumplía un año de la tragedia del Jet Set… ¡el cielo se desplomó en lágrimas! A la misma hora —¡un minuto más, un minuto menos!— comenzaron los truenos sobre el lugar del desastre, expandiéndose como un eco os-curo por todo el Gran Santo Domingo.

No fue una simple lluvia.

¡Fue un estallido del cielo!

Descargas eléctricas que silenciaron emisoras y canales de televisión; relámpagos que partían la noche; truenos que retumbaban como lamentos… ¡como gritos! La lluvia, inten-sa y furiosa, arrastró casas, vehículos… y vidas.

Todo ocurrió con una violencia tan repentina, tan descomu-nal, que incluso los organismos de socorro quedaron des-prevenidos. Y cuando se cuestionó la falta de alerta, la res-puesta fue tan inquietante como reveladora: era “muy difícil predecir un fenómeno tan extraño como ese”.

¡Extraño…!

¿O algo más?

Es como si los muertos… ¡las almas en pena!, aquellos que partieron en aquella tragedia, estuvieran intentando decir-nos algo. Como si, desde algún rincón del purgatorio… ¡nos hablaran!

¿Y qué piden?

¡Justicia!

A un año, la fiscalía y los jueces parecen atrapados en un juego de amagos… sin decisiones. La justicia no llega. Se posterga. Se diluye. Y no hay dudas: temen, como el Diablo a la Cruz, a los propietarios del Jet Set.

La impunidad ha sido tan evidente que incluso voces del po-der, como el ministro de Obras Públicas, Eduardo Estrella, han advertido lo inevitable: si la justicia terrenal falla… ¡la divina actuará! Palabras que no nacen del vacío, sino del dolor profundo: un hijo suyo —funcionario del Gobierno— está entre las víctimas.

Y hay más señales… ¡más silencios que gritan!

Una dama de alta alcurnia, vinculada a uno de los grupos fi-nancieros más influyentes del país, acudió —sin ruido, sin protagonismo— a la misa celebrada por el padre Rogelio Cruz en el lugar del desplome.

Él, el sacerdote de los sin nombre… de los olvidados… de los que no cuentan.

Y ella, doña Melba Grullón, desde las alturas sociales, mez-clada con la multitud, con la “gleba”, unida por el mismo dolor. Una madre que perdió a su única hija.

Porque el dolor… ¡no reconoce clases!

Su presencia fue discreta, solemne… pero el silencio que llevó consigo decía más que mil discursos.

Era un mensaje.

¡Una señal!

Y entonces… al concluir la vigilia por el primer aniversario…

¡Otra vez!

A la misma hora de la tragedia… regresaron los truenos. Las campanas de las iglesias retumbaban sin que nadie las to-cara. Los relámpagos iluminaron la capital, dibujando cru-ces en el cielo. Y la lluvia cayó con una fuerza casi sobrena-tural.

¡El cielo lloraba!

¿Casualidad… o advertencia?

Parecía que la naturaleza misma hablaba. Que el cielo, des-garrado, reclamaba lo que la tierra aún no ha sido capaz de dar.

Porque cuando la justicia de los hombres calla…

no es el silencio lo que queda.

¡Es el universo el que responde!

Nota al margen: ¡Yo estuve allí!

No me lo contaron… ¡lo viví! Aquella noche, camino al turno de madrugada, el chofer se persignaba y murmuraba pala-bras antiguas, se encomendaba a Dios, a todos los santos y al espíritu de su madre fallecida, como si intentara espantar algo invisible.

En la sede, todo era extraño: el canal salía del aire por las descargas, las pantallas se encendían y apagaban solas, los micrófonos de la emisora fallaban… o se activaban sin ra-zón. Afuera, entre relámpagos y apagones, se colaban soni-dos de campanas… y ambulancias en la distancia, como transportando muertos y heridos.

No fue una noche normal.

¡Fue una noche que aún no encuentra explicación!

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