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Error estratégico o inmadurez interna en el PRM/SDE

Por Milton Olivo

En la política dominicana, pocas cosas resultan tan paradó-jicas como el choque entre el éxito en la gestión pública y la fragilidad del poder interno. Eso es precisamente lo que pa-rece estar ocurriendo con Dio Astacio, un alcalde cuya apro-bación roza niveles casi unánimes, pero que, sin embargo, enfrenta resistencia dentro de su propio partido.

La escena no es nueva en la historia política, pero sí pro-fundamente reveladora. Un liderazgo que conecta con la gente, que exhibe resultados y que se posiciona como acti-vo electoral clave, debería —en teoría— ser protegido, pro-movido y fortalecido por su organización.

Sin embargo, en la práctica, ocurre lo contrario: se le dispu-ta, se le limita y, en algunos casos, se le confronta abierta-mente. Detrás de ese conflicto no hay grandes diferencias ideológicas ni visiones contrapuestas de desarrollo. Lo que subyace es algo más terrenal: la distribución del poder, los empleos, las cuotas.

Dio Astacio heredó una estructura administrativa copada, con miles de empleados vinculados al partido, lo que ha re-ducido significativamente su capacidad de satisfacer las demandas de dirigentes que reclaman espacios. Y en políti-ca, esa incapacidad —aunque sea estructural— se traduce en malestar.

Así, lo que no se puede resolver desde la gestión, se con-vierte en conflicto político. Pero lo verdaderamente inquie-tante no es el origen del enfrentamiento, sino su lógica —o la ausencia de ella—.

¿Qué sentido tiene debilitar al principal activo político del municipio más grande del país? ¿Qué cálculo estratégico justifica enfrentar a quien posee la legitimidad social, la vi-sibilidad y la capacidad de movilización electoral?

Figuras como David Colado y Carolina Mejía con aspiracio-nes nacionales evidentes, parecen moverse en un tablero más amplio. Pero incluso en ese contexto, resulta difícil comprender una postura contraria a Dio Astacio, que, lejos de sumar, divide; lejos de consolidar, fragmenta y que ma-ñana puede pasarles factura.

Y hay una pregunta aún más delicada, que comienza a ron-dar en voz baja en los corrillos políticos del municipio: ¿han pensado quienes hoy enfrentan a Astacio que podrían estar empujándolo hacia una decisión límite?

La historia reciente ofrece precedentes. El propio presidente Luis Abinader logró articular acuerdos estratégicos —incluyendo entendimientos con sectores vinculados a Leonel Fernandez— para construir una ruta hacia el poder.

En política, las alianzas no siempre son ideológicas; muchas veces son el resultado de presiones, exclusiones o cálculos de supervivencia. ¿Y si el escenario se repite? ¿Y sí, acorra-lado por su propio partido, un liderazgo con alta aprobación se ve obligado a buscar otros caminos para garantizar su viabilidad política de cara al 2028? No sería la primera vez que un partido expulsa, por acción u omisión, a uno de sus activos más valiosos.

La interrogante entonces deja de ser individual y pasa a ser colectiva: ¿están midiendo correctamente las consecuencias de este enfrentamiento? Porque más allá de las tensiones internas, lo que está en juego es la cohesión del partido, su capacidad de competir y su estabilidad futura. Debilitar un liderazgo fuerte no solo afecta a la persona; erosiona la es-tructura que depende de él.

Mientras tanto, en las bases, crece otro sentimiento igual de peligroso: el de dirigentes que, sintiéndose ignorados, op-tan por la confrontación lateral en lugar de canalizar sus demandas hacia donde realmente se toman las decisiones, que es la presidencia de la Republica.

Se organizan, presionan, se «apandillan», pero no necesa-riamente contra el centro real del poder, donde está su deuda, y la solución a su problema, sino contra quien tie-nen más cerca. El resultado es un círculo vicioso: más divi-sión, más resentimiento, menos cohesión. Y en medio de todo, la gran pregunta sigue sin respuesta convincente: ¿Cuál es la lógica de este enfrentamiento?

Si se observa desde la racionalidad política, cuesta encon-trarla. Si se analiza desde la estrategia electoral, resulta aún más difícil justificarla. Y si se mira desde el interés co-lectivo del partido, el cuadro se torna preocupante.

Tal vez, como sostienen algunos en voz baja y otros ya co-mienzan a decir en público, no se trate de una jugada calcu-lada, sino de algo más simple y más peligroso: una expre-sión de inmadurez política. Porque cuando un partido decide —consciente o inconscientemente— debilitar a quien más votos puede aportarle, no está demostrando fuerza, sino vulnerabilidad.

Y la historia, siempre implacable, suele pasar factura a ese tipo de errores.

El autor es escritor y analista político

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