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De Caracas al Caribe: cómo se reciclan los pretextos bélicos en la historia contemporánea

Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor

Por Iscander Santana

Zürich, Suiza

La historia no se repite, pero a veces rima con precisión inquietante. Cuando el 5 de febrero de 2003, el entonces secretario de Estado Colin Powell presentó sin inmutarse ante las Naciones Unidas una probeta, asegurando que era «la prueba definitiva e irrefutable» de que el Irak de Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva, todo el mundo le creyó sin cuestionarse nada. «Cada declaración que hago hoy está respaldada

por fuentes sólidas», afirmó Powell. Los medios se hicieron eco unánimemente, ninguno realizó una investigación a fondo para verificar la veracidad, solo validaron lo dicho por el funcionario estadounidense.

Hoy, el guión se repite en el Caribe. Destructores, submarinos nucleares y 4,500 efectivos desplegados para «combatir el narcotráfico» mientras las tensiones con Venezuela alcanzan máximos históricos. ¿Nueva crisis o vieja fórmula con nuevos actores?

       El Patrón de Powell: De Bagdad al Caribe

La probeta de talco de Powell se convirtió en símbolo de cómo se manufacturan los pretextos bélicos. Veinte años después, el método persiste con variaciones: donde

antes había «armas químicas», ahora hay «narcotráfico masivo»; donde había «vínculos con Al Qaeda», ahora están las «milicias terroristas». La esencia permanece idéntica: crear una amenaza tan grave que justifique cualquier respuesta militar.

El despliegue actual en el Caribe exhibe la misma desproporción. Un submarino nuclear USS Newport News no se envía para interceptar lanchas rápidas de contrabandistas. Los destructores clase Arleigh Burke, con capacidad de lanzar misiles Tomahawk hasta 1,600 kilómetros tierra adentro, no son herramientas antidroga. Son instrumentos de guerra convencional desplegados bajo un pretexto que no resiste el análisis básico.

       Panamá: El Precedente Perfecto

El caso de Manuel Noriega ilustra la hipocresía sistémica. Durante décadas, el dictador panameño fue un activo valioso de la CIA, facilitando operaciones encubiertas en América Central. Cuando comenzó a jugar sus propias cartas geopolíticas, súbitamente se convirtió en «el narcotraficante más peligroso del hemisferio». La Operación Causa Justa de 1989 lo removió del poder, pero no para instaurar la democracia, sino para instalar un gobierno más dócil.

El paralelismo con Venezuela es evidente. Nicolás Maduro, otrora socio comercial tolerado —Chevron sigue operando en territorio venezolano—, ahora enfrenta una recompensa de 50 millones de dólares por su cabeza mientras Washington despliega su mayor fuerza naval en el Caribe desde

la Crisis de los Misiles.

       La Manufactura del Consentimiento Mediático

La lección más perturbadora del caso Powell es cómo los medios abdican su función crítica en momentos cruciales. En 2003, prestigiosos periódicos estadounidenses y europeos reprodujeron acríticamente las afirmaciones sobre las armas iraquíes. Los pocos periodistas que cuestionaron la narrativa fueron marginalizados o despedidos.

Hoy observamos la misma dinámica. El despliegue militar estadounidense se presenta como respuesta «natural» al narcotráfico, sin cuestionar por qué se necesita capacidad de guerra nuclear para un problema de aplicación de la ley. Los

medios mainstream reproducen comunicados oficiales sin análisis independiente, perpetuando el ciclo de desinformación que hace posibles las guerras «preventivas».

       El Caribe como Tablero de Ajedrez

Desde el USS Maine en La Habana hasta los actuales destructores frente a Venezuela, el Caribe ha servido como laboratorio de pretextos bélicos estadounidenses. La explosión del Maine en 1898 —probablemente accidental— se convirtió en el catalizador de una guerra que redibujó el mapa colonial. La narrativa de «Remember the Maine» movilizó la opinión pública hacia un conflicto que ya estaba decidido en los despachos de Washington.

Hoy, el «Tren de Aragua» cumple una función similar al Maine: una amenaza magnificada para justificar una respuesta desproporcionada. ¿Es casualidad que esta banda criminal haya adquirido notoriedad mediática justo cuando las tensiones con Venezuela escalaban? ¿O es el enemigo perfecto: lo suficientemente real para ser creíble, lo suficientemente nebuloso para justificar cualquier acción?

       La Economía de la Guerra Perpetua

Hay una lógica económica detrás de estos despliegues que trasciende la geopolítica. El complejo militar-industrial necesita justificar presupuestos billonarios y probar sistemas de armas en condiciones reales. Cada crisis es una oportunidad de negocio, cada tensión un estímulo para la industria armamentística.

Los 50 millones de dólares ofrecidos por Maduro no son solo una cifra política; son una inversión en narrativa. Esa suma coloca al presidente venezolano al nivel de Osama bin Laden, creando una equivalencia psicológica entre el terrorismo global y la «amenaza bolivariana». Es más barato pagar esa recompensa que sostener una ocupación militar, pero igual de efectivo para desestabilizar un gobierno incómodo.

       La Doctrina Monroe del Siglo XXI

El despliegue actual representa una actualización de la Doctrina Monroe para la era multipolar. No se trata ya de «América para los americanos», sino de «América para los estadounidenses». La presencia china y rusa en la región ha

reactivado reflejos imperiales que parecían dormidos desde la Guerra Fría.

Venezuela se ha convertido en el símbolo de esta nueva confrontación. Sus reservas petrolíferas —las mayores del mundo— y su alianza con potencias rivales la convierten en un objetivo estratégico irresistible. El narcotráfico es simplemente la excusa más vendible para una opinión pública cansada de guerras lejanas pero preocupada por la seguridad doméstica.

       Mis Deudas: La Responsabilidad del Observador

Desde mi escritorio en Zürich, estas tensiones parecen abstractas, pero sus consecuencias son devastadoramente reales. Las guerras modernas no solo se libran con tanques y misiles, sino con

narrativas y percepciones. Y en esa guerra de narrativas, todos somos cómplices o resistentes.

Mi deuda como observador es no repetir el error de 2003. Cuando Powell agitó su probeta, muy pocos cuestionaron la evidencia porque muy pocos querían parecer «débiles» ante una amenaza fabricada. Hoy, cuando se nos presenta el narcotráfico como justificación para submarinos nucleares, nuestra obligación es preguntar: ¿qué está pasando? ¿A quién beneficia esta escalada?

     Conclusión: El Precio de la Credulidad

Las excusas para la guerra evolucionan con los tiempos, pero su función permanece constante: manufacturar el consentimiento para la violencia

organizada. Desde las «armas de destrucción masiva» hasta el «narcotráfico transnacional», cada época produce sus propios fantasmas para justificar sus propias guerras.

Venezuela representa el último capítulo de esta larga tradición de pretextos. La tragedia no es solo que estos pretextos funcionen, sino que funcionan repetidamente. Una sociedad que no aprende de la probeta de Powell está condenada a creer en la próxima probeta, sea cual sea su contenido.

La guerra no se libra solo en los campos de batalla, sino en las mentes que deciden si creer o cuestionar. En 2003, demasiados creyeron sin cuestionar. En 2025, la pregunta es si hemos aprendido algo, o si simplemente esperamos la próxima

excusa para repetir los mismos errores con nuevos nombres.

El Caribe no puede convertirse otra vez en el cementerio de la credulidad occidental. Los pueblos de la región merecen algo mejor que ser peones en tableros diseñados en capitales lejanas.

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