
Por Néstor Estévez
WhatsApp se ha vuelto omnipresente en nuestras vidas. Las opiniones están divididas: hay quienes ven en ese canal de comunicación digital una especie de bendición, mientras otros destacan sus perjuicios.
Sin necesidad de entrar en el debate -y sin tomar posición al respecto- un grupo de personas de Sabaneta, Santiago Rodríguez, parece haber encontrado una fórmula virtuosa para pasar de WhatsApp a felicidad auténtica.
Así se deduce a partir de un encuentro entre sabaneteros que se acaba de celebrar en mi patria chica. Lo vivido por este grupo contrasta con tendencias enarboladas por estudiosos de la comunicación.
¿Qué dice la ciencia?
Uno de los perjuicios provocados, además de WhatsApp, por la muy amplia diversidad de plataformas digitales para comunicación es la reducción de la cantidad de palabras que usamos. Según un estudio reciente de la Universidad de Arizona, cada año perdemos 338 palabras de las que solemos usar para interactuar con nuestros relacionados.
Los estudiosos analizaron lo ocurrido con un grupo de personas entre 2005 y 2019. Así encontraron que la cantidad de palabras que usaban en sus interacciones se redujo en más de un 20 por ciento en el referido período.
Pero no es solo asunto de cantidad; la calidad de las interacciones se ha visto seriamente reducida, según otros investigadores. Un meta-análisis de la Universidad de Queensland concluyó que socializar por tecnología es muy parecido a «socializar solo». «Las personas muestran menos interés y no experimentan las mismas respuestas emocionales positivas al utilizar la tecnología… en comparación con cuando se reúnen cara a cara», dice el estudio.
Parece que eso ofrece una valiosa pista para entender lo ocurrido en Santiago Rodríguez. Mientras el tiempo para compartir cara a cara se reduce velozmente, lo que comenzó mediante teléfonos y mensajes digitales terminó convirtiéndose en un encuentro presencial entre personas decididas a reforzar su identidad.
Ventajas del cara a cara
La memoria compartida se construye con las historias que una comunidad conserva y transmite. Está presente en anécdotas, fiestas, canciones, juegos, costumbres e incluso en aquellos lugares que las personas recuerdan con cariño.
Cuando esas historias son contadas, pueden pasar de una generación a otra. Durante el encuentro entre sabaneteros hubo expresiones artísticas, relatos de vivencias, dominó, karaoke y otras actividades relacionadas con la convivencia y las tradiciones. Allí hubo mucho más que entretenimiento. Allí hubo maneras creativas de decir “esto forma parte de nosotros”, “esto representa lo que realmente somos”.
La memoria compartida funciona, en ese sentido, como un puente: une a quienes vivieron determinadas experiencias con quienes llegaron después. Una persona mayor puede contar cómo era Sabaneta décadas atrás, mientras un adolescente puede explicar cómo vive hoy su comunidad. Cuando ambos se escuchan, pasado y presente comienzan a conversar.
Este tipo de actividades, además de aportar valor espiritual para cada participante, abre múltiples oportunidades para los territorios. Así se descubre que la patria chica es mucho más que un simple punto en el mapa. Así es como muchas personas logran descubrir el real valor del lugar donde crecieron, estudiaron, hicieron amistades, formaron una familia o aprendieron tradiciones que todavía conservan. Eso provoca que quienes han tenido que partir puedan continuar sintiéndose parte del territorio.
Las posibilidades son muchas. Cuando conversamos podemos reconocer problemas comunes, descubrir talentos, recuperar historias y generar nuevas ideas. De ese tipo de intercambio pueden surgir proyectos culturales, actividades juveniles, iniciativas para cuidar el ambiente, acciones solidarias o propuestas orientadas a mejorar la comunidad.
Deseo compartido
Un deseo que se ha vuelto voz común es el de repetir la experiencia. Ojalá que, además de reedición, el encuentro sabanetero logre réplicas en otros muchos lugares. Recordar las historias de nuestros padres y abuelos es importante. Conservar las tradiciones también lo es. Pero una comunidad permanece viva cuando consigue apoyarse en esa memoria para construir algo nuevo.
Por lo pronto, este encuentro sabanetero en Santiago Rodríguez deja valiosas lecciones. Es útil para descubrir que la tecnología, usada como medio, puede servir a fines extraordinariamente valiosos. Ha servido para disfrutar lo grandioso de contradecir ciertas tendencias. Pero sobre todo puede servir para entender que tradición y futuro no tienen que ser enemigos. Y todavía más: eso que comenzó por WhatsApp nos ayudó a descubrir que tenemos reserva para experimentar mejores formas de convivencia.
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