Suiza y la neutralidad en disputa: Una mirada dominico-suiza a una paradoja histórica
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Por Iscánder Santana
Zúrich, Suiza
Como dominicano que vive en Suiza, observo la política internacional desde una doble sensibilidad: la de un país pequeño del Caribe que históricamente ha sufrido presiones de potencias hegemónicas, y la de una nación alpina que ha construido su identidad sobre la neutralidad. Esa combinación me permite ver con claridad una paradoja que muchos suizos prefieren no discutir: Suiza fue más estricta con su neutralidad frente a Hitler que frente a la presión occidental contemporánea. Y esa ambigüedad revela que la neutralidad, lejos de ser un principio inmutable, es hoy un campo de disputa geopolítica.
Cuando Suiza decidió sumarse a las sanciones contra Rusia en 2022 sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, rompió con una tradición que había defendido incluso en los momentos más oscuros del siglo XX. Durante la Segunda Guerra Mundial, Suiza mantuvo relaciones financieras y comerciales con la Alemania nazi, alegando que la neutralidad era indispensable para su supervivencia. No sancionó a Hitler, no bloqueó activos y no se alineó con ningún bloque militar. Hoy, en cambio, sanciona a Rusia, congela cuentas y adopta medidas dictadas por Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN. La neutralidad suiza fue más rígida frente a un régimen totalitario que frente a la presión diplomática de sus socios occidentales.
Para alguien que viene de la República Dominicana —un país que ha vivido intervenciones, ocupaciones y presiones externas— esta contradicción es evidente: la neutralidad solo tiene sentido si se ejerce con coherencia. Cuando un país pequeño se alinea con sanciones unilaterales impuestas por potencias hegemónicas, pierde autonomía diplomática y renuncia a su capacidad de mediación. Y en el mundo actual, donde las sanciones se han convertido en instrumentos geopolíticos más que en mecanismos de derecho internacional, esa renuncia es peligrosa.
La iniciativa popular que busca constitucionalizar una neutralidad estricta será sometida a referéndum el 27 de septiembre de 2026. Aunque impulsada por sectores conservadores, contiene un elemento que merece atención desde una perspectiva anti-hegemónica: exigir que Suiza solo aplique sanciones aprobadas por la ONU. En un mundo donde las sanciones occidentales no pasan por el sistema multilateral, esta propuesta puede interpretarse como una defensa de la autonomía diplomática y del multilateralismo real, no del «multilateralismo selectivo» de las potencias.
Mi mirada dominico-suiza me lleva a ver esta iniciativa desde un ángulo distinto al de quienes la promovieron. Para ellos, se trata de limitar la influencia de la Unión Europea y reforzar la soberanía nacional. Para mí, se trata de evitar que Suiza sea arrastrada por agendas geopolíticas que no representan a la comunidad internacional. La ONU, con todas sus limitaciones, sigue siendo el único órgano con legitimidad universal: si Suiza quiere preservar su rol histórico como mediadora, debe anclar su política exterior en ese marco, no en coaliciones ad hoc.
La neutralidad suiza enfrenta hoy un desafío que no existía en el siglo XX: la presión de sanciones económicas como herramienta de política exterior. Estas sanciones, cuando no son multilaterales, no representan el derecho internacional, sino la voluntad de un bloque. Para un país pequeño como Suiza —y para quienes venimos de países que han sufrido la hegemonía de otros— la neutralidad no es solo un principio diplomático: es una forma de protección frente a la instrumentalización geopolítica.
La paradoja contemporánea es clara: Suiza defiende la neutralidad en el discurso, pero la erosiona en la práctica. Y en un mundo donde las potencias compiten por influencia, la neutralidad solo tiene sentido si se ejerce con coherencia. La iniciativa de neutralidad estricta, reinterpretada desde una sensibilidad dominico-suiza anti-hegemónica, puede ser una oportunidad para recuperar esa coherencia y evitar que Suiza se convierta en un actor parcial en conflictos donde la mediación es indispensable.
Suiza debe decidir: neutral o alineada. No puede ser ambas cosas a la vez. En tiempos de polarización global, la neutralidad no es un lujo: es una responsabilidad histórica. Y los ciudadanos suizos deberían sentirse comprometidos con una neutralidad absoluta —no selectiva, no oportunista— porque es la única que preserva la credibilidad histórica de la Confederación. Quienes venimos de países que conocen el peso de la hegemonía entendemos mejor que nadie lo que está en juego.
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