Venezuela en bucle: 37 años de crisis y destrucción
Los conceptos emitidos en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor
Por: Oscar Guedez
Ahora que con el corazón arrugado vemos la horrenda tragedia que sufre nuestra amada Venezuela y sentimos que este nuevo golpe es el peor que pueda haber sufrido, creo necesario repasar los acontecimientos de las últimas cuatro décadas para entender el trágico periodo que desde hace 37 años vive la Tierra de Bolívar y que mantiene atrapada a su gente, nuestra gente, en la pobreza, la tristeza y la desesperanza.
Porque el desarrollo de una nación con tantos recursos y tanta belleza natural no se detiene por una mala decisión del gobierno ni por la fatalidad de un mal año; Venezuela está atrapada en un bucle interminable de shocks políticos, sociales, económicos y de eventos naturales que se han superpuesto desde 1989.
Venezuela lleva años operando bajo una dinámica implacable donde cada intento de estabilización económica es dinamitado por un nuevo cataclismo, dejándola sin tiempo institucional para recuperarse y crecer con solidez y convirtiéndola en un territorio condenado a la gestión constante de una emergencia tras otra.
Recordemos que el desarrollo económico es, ante todo, hijo de la previsibilidad, de la estabilidad que permita que los proyectos que transforman el tejido industrial de un país (infraestructura pesada, diversificación manufacturera, o modernización energética) se puedan planificar y proyectar en décadas, no en trimestres.
Pero las reglas del juego venezolano vienen cambiando de forma traumática cada cinco años o menos, espantando y/o diluyendo al capital, desplazando a los técnicos y sus conocimientos y llevando al aparato productivo a retroceder hasta su estado más primitivo.
LAS COSTURAS DEL MODELO (1989-1994)
El mito de que la inestabilidad venezolana comenzó con el cambio de siglo se desmorona al revisar los datos de 1989. Aquel año inició con la esperanza de que Carlos Andrés Pérez traería de vuelta la bonanza económica de los años 70; por el contrario, ahí empezó el colapso definitivo de la ilusión de la «Venezuela Saudita», un modelo que ya venía herido de muerte desde el Viernes Negro de 1983.
El Caracazo (27 de febrero de 1989) fue mucho más que un estallido social: fue la máscara caída que dejó ver que el Estado venezolano ya no podía financiar la paz social mediante el gasto público a costa del ingreso petrolero ni podía sostenerla por medio de la represión.
En cuanto a las reformas económicas que intentó Pérez, impulsado por el Fondo Monetario Internacional, más allá de la discusión sobre si eran o no necesarias, es innegable que su impacto en las capas medias y bajas era excesivo y habrían agravado la crisis económica de la época. Por si fuera poco, aunque CAP tenía piso electoral, el sistema político ya carecía de base social sólida, por lo que chocó con la realidad de un país agotado por lo que se aceleró el profundo descontento de un país ampliamente empobrecido.
Se calcula que el impacto económico del Caracazo destruyó más del 13,9% del PIB venezolano de entonces y dio el pistoletazo de salida a reformas económicas que no ayudaron a mejorar las condiciones económicas de la nación.
Tres años después, las intentonas golpistas del 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 terminaron de quebrar la zapata institucional del país, sembrando el caos en una clase política que vio venir al lobo e intentó, tímidamente, corregir el rumbo, destituyendo a Carlos Andrés Pérez en 1993 y liberando a los golpistas para intentar salvar la gobernabilidad.
Y aunque la economía venía rebotando positivamente tras la caída de 1989, los eventos del ´92 desaceleraron esa recuperación y agravaron la incertidumbre política, espantando la inversión extranjera y dañando gravemente al sector financiero.
Así, poco tiempo después, la economía venezolana recibió otro golpe mortal con la quiebra de más de la mitad del sistema financiero nacional en 1994. El auxilio estatal a la banca comercial, liderada por el colapso del Grupo Latino – Progreso, drenó más del 11% del Producto Interno Bruto (PIB) de la época.
Aquella crisis no solo evaporó los ahorros de la clase media y disparó la inflación, sino que esterilizó el crédito doméstico. Y una economía sin crédito es una economía sin futuro, por ello, el aparato industrial venezolano quedó descapitalizado antes del fin del milenio.
EL BOOM Y LOS SHOCKS (1999-2008)
El cambio de siglo estuvo marcado por el ascenso de Hugo Chávez, cuya llegada al poder desató una confrontación política total y estuvo marcada, desde el día 1, por la tragedia de Vargas: el deslave masivo sobre La Guaira cuyo impacto económico se calcula en unos 3,500 millones de dólares y se cobró la vida de entre 10 mil y 30 mil personas, tal vez más.
En ese escenario, ya golpeado económicamente por aquel shock y marcado por una polarización política irreconciliable, el punto más álgido del conflicto social fue el paro petrolero e intento de Golpe de Estado de 2002-2003.
Así, la parálisis de la principal industria del país provocó una contracción histórica de más del 20% PIB y una salida de capitales extranjeros equivalente al 9,5% del PIB, llevando al país a la recesión e impulsando el desempleo, la escasez y la inflación.
El gobierno se vio forzado a implementar controles de cambio y de precios que, concebidos originalmente como medidas de emergencia, terminaron por convertirse en camisas de fuerza estructurales que distorsionaron los precios relativos y destruyeron los incentivos para la producción privada nacional.
Por ello, cuando los precios internacionales del crudo iniciaron su escalada histórica y crearon la ilusión de una nueva bonanza, la economía venezolana sufría de una forma severa de la «enfermedad holandesa», ya que la entrada masiva de petrodólares sobrevaluó la moneda e inundó el mercado de importaciones baratas, afectando la agricultura y la manufactura local.
Entonces, llegó el siguiente shock externo: la crisis financiera global de 2008. Se desplomaron los precios del petróleo, el Estado venezolano no aplicó políticas contracíclicas ni pudo activar fondos de estabilización, sino que optó por el endeudamiento y aceleró las expropiaciones. Se sembraron así las semillas de la vulnerabilidad total frente a los mercados financieros internacionales.
Poco después, a finales de 2010, Venezuela sufrió las lluvias más intensas registradas en, al menos, los 40 años anteriores, causando inundaciones masivas, aludes de tierra y el colapso de miles de viviendas, puentes y carreteras en distintas ciudades del país. Entre 60.000 y 90.000 personas quedaron damnificadas en aquella crisis humanitaria.
Se estima que el país perdió entre el 2% y el 4% del PIB por aquella tragedia que llevó al gobierno a lanzar la Gran Misión Vivienda Venezuela, que logró la construcción, verificable, de más de un millón de viviendas de bajo costo, una cifra que podría llegar incluso a los 4,6 millones de viviendas, desplegando una inversión de hasta 95 mil millones de dólares.
PARÁLISIS Y COLAPSO (2012-2024)
La enfermedad y muerte del presidente Hugo Chávez entre 2012 y 2013 introdujo una profunda incertidumbre sobre las reglas sucesorias y la continuidad del modelo. En medio de esa transición, el gasto fiscal se desbocó con fines de legitimación política, desalineando las variables macroeconómicas justo en las vísperas del fin del superciclo de las materias primas.
Las oleadas de protestas masivas de 2014 y 2017 no solo paralizaron físicamente el comercio y el transporte; institucionalizaron la conflictividad civil extrema y aceleraron el aislamiento internacional del país, abriendo la puerta a las primeras sanciones financieras que congelaron el margen de maniobra del Ejecutivo venezolano, por medio de las cuales, por ejemplo, Reino Unido mantiene retenidos más de 4 mil millones de dólares en 31 toneladas de oro venezolano.
Lo que siguió fue una contracción macroeconómica sin precedentes en la historia de la región, marcada por una hiperinflación destructora del valor de la moneda por causas internas y externas de lo más diversas, y una pérdida de más del 75% del tamaño de la economía.
En ese escenario de extrema fragilidad llegó la pandemia de COVID-19 del 2020. Sin ahorros fiscales, con un sistema de salud precarizado, una escasez crónica de combustible y una fuga de cerebros histórica, el confinamiento obligó a la población a un repliegue hacia una economía de pura subsistencia.
Los tímidos signos de estabilización y dolarización de facto que se asomaron a principios de la década chocaron de frente contra la pared de la tensión causada por el cuestionado proceso electoral de 2024 y el recrudecimiento del conflicto político, que actuaron como congelador de expectativas económicas, ahuyentando las pocas inversiones privadas que evaluaban ingresar al país y renovando el ciclo de sanciones (bloqueo económico) de Estados Unidos.
LA GRAN TRAGEDIA (2026)
Llegamos así al trágico panorama del año en curso. El 2026 condensa la tesis del bucle destructivo mediante la superposición de un shock geopolítico, una crisis económica global por la guerra en el Golfo Pérsico y un desastre natural en apenas 6 meses.
La intervención armada extranjera de principios de año extendió la paralización económica, y pocos meses después cuando Venezuela esperaba tener la estabilidad política que facilitara la inversión económica y la movilidad financiera para impulsar su desarrollo, ocurre el doble terremoto de hace pocos días, terminando por demoler el tejido habitacional que tanto tiempo y dinero costó recuperar y forzando a una economía ya devastada a asumir pérdidas que seguramente serán de miles de millones de dólares.
Mirando las últimas 4 décadas resulta evidente que el límite al desarrollo venezolano no está en la falta de recursos o en las desventajas comparativas del país, ni siquiera en la buena, regular o mala gestión de los sucesivos gobiernos.
El verdadero techo estructural ha sido la imposibilidad de acumular estabilidad, porque cada vez que Venezuela intenta construir un piso económico, el péndulo de la desgracia natural, la polarización política o la crisis internacional regresa con fuerza destructiva a golpear a un pueblo noble, valiente, luchador y resiliente, que por momentos no consigue comprender por qué tanto mal se ha desatado sobre sus cabezas, y bajo sus pies.
Venezuela no ha podido desarrollarse porque su economía está atrapada en el mito de Sísifo: condenada a empujar la piedra del progreso hasta la cima, solo para verla caer una y otra vez.
En mi próximo artículo abundaré en algunos de los efectos sociales, políticos y geopolíticos de este terrible ciclo que vive La Pequeña Venecia.
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